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Archive for 30 octubre 2012

El raca-raca es la expresión desdeñosa y peyorativa con la que cierto sector político y mediático articulado en torno al españolismo de izquierdas, ha bautizado en Euskadi el postulado nacionalista vasco que reivindica el reconocimiento legal y explícito del pueblo vasco y de su derecho a decidir libre y democráticamente el status político del que ha de gozar en el futuro. En los últimos tiempos, esta amalgaba político-mediática se ha visto acaudillada por el lehendakari en funciones, Patxi López, que no ha dudado un ápice en complacer a su público, insertando el argumentario de campaña la expresión  onomatopéyica que reproduce el sonido de la carraca, con el propósito de despreciar y hasta ridiculizar, los postulados ideológicos, estratégicos o programáticos del nacionalismo vasco, presentándolos, una vez más, como “el raca-raca de siempre”.

Pero hete aquí que, este fin de semana, el Partido Socialista de Catalunya (PSC) -el partido hermano en el que tantas veces se ha querido ver reflejado el socialismo vasco vinculado al PSOE- aprueba un programa electoral para las próximas elecciones catalanas, en el que preconiza, expresamente, el reconocimiento derecho a decidir de los catalanes sobre “cualquier propuesta de cambio sustancial de las relaciones entre Catalunya y España, acordada entre las instituciones catalanas y españolas, a través de un referéndum en el que se plantee un pregunta clara a la que se habrá de responder de forma inequívoca, aceptando o rechazando el proyecto sometido a consulta”. Es más, no contentos con ello -que para los socialistas vascos constituiría ya un grave anatema, plenamente situado en el terreno del odioso raca-raca– los socialistas catalanes se comprometen a promover “las reformas necesarias para que los ciudadanos y ciudadanas de Catalunya puedan ejercer su derecho a decidir a través de un referéndum acordado en el marco de la legalidad”. Los militantes del PSC se identifican a sí mismos como federalistas -no independentistas- pero se comprometen a trabajar para que el ordenamiento jurídico español contemple la posibilidad de convocar un referéndum de autodeterminación en Catalunya.

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El pasado mes de agosto se conmemoró el centenario de aquella virulenta galerna veraniega que azotó sin piedad la costa cantábrica, provocando la muerte de 143 arrantzales vascos. Los testimonios que prestaron los supervivientes de la tragedia ponen de manifiesto que, cuando arreció el temporal y el peligro de naufragar comenzó a hacerse verosímil, todos los pescadores envueltos en la tempestad recordaron desesperadamente la importancia que revestía embarcar en lanchas sólidas, seguras y fiables, capaces de afrontar con un mínimo de garantía las inclemencias del tiempo.

La imagen me vino a la memoria el pasado domingo, cuando vi que el escrutinio apuntaba de manera irreversible hacia el triunfo del Partido Nacionalista Vasco. Pensé que, como los pescadores vascos que en agosto 1912 se vieron sorprendidos por la galerna, una buena parte de los ciudadanos vascos han creído que la borrasca económica, financiera e institucional que asedia a toda Europa, amenazando con llevarse por delante los logros sociales trabajosamente afianzados a lo largo de décadas, aconseja confiar en el PNV, que constituye la nave más sólida, segura y fiable de entre las que hoy componen la oferta electoral vasca.

Estoy convencido de que, ante el incierto panorama que ofrecen los tiempos, el fondo de comercio que acumula la formación jeltzale tras años de actuación eficaz, diligente y responsable en defensa del autogobierno vasco y de los intereses y aspiraciones de los ciudadanos de Euskadi, ha sido decisivo para que muchos ciudadanos optasen por la candidatura de Iñigo Urkullu, que encarna a la perfección los valores que identifican al PNV. Como diría más de un veterano, se ha hecho notar “el peso de la galleta”; la impronta histórica de una formación política arraigada en Euskadi y comprometida con su libertad y su autogobierno, que siempre ha estado en su puesto y nunca ha defraudado al pueblo vasco en los momentos decisivos.

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Hace exactamente seis meses, daba cuenta en este blog de las diez enmiendas a la totalidad que se habían presentado en el Congreso de los diputados contra el proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado para 2012 (“Diez razones para diez enmiendas“, publicado el 25.04.2012). Hoy vengo a hacer referencia a las once -una más- que se han registrado en la cámara contra el proyecto de cuentas públicas para 2013, que fueron debatidas -y rechazadas, por supuesto- entre el martes y el miércoles de esta misma semana. La cifra bate marcas. Hasta donde llega mi memoria, nunca antes se habían presentado tantas enmiendas al proyecto presupuestario elaborado por el Ejecutivo.

Once enmiendas a la totalidad son muchas, sin duda. Y dada la heterogeneidad de las formaciones políticas que cuentan con representación en el hemiciclo, las registradas ofrecen, además, un abanico argumental bastante amplio. Resulta interesante compararlas y descubrir los contrastes y contradicciones que plantean. Mientras la mayoría reprocha al proyecto un claro propósito recentralizador, UPyD se queja de que reflejan “el carácter cada vez más residual del Estado”. Y aunque son muchas las que reclaman más fondos para las Comunidades Autónomas, la formación liderada por Rosa Díez critica el hecho de que reciban “todavía más recursos”. Por estas y otras muchas razones que no hace al caso especificar pormenorizadamente, resulta imposible identificar en ellas un denominador común, más allá del hecho de que todas solicitan la devolución del proyecto al Gobierno. Yuxtapuestas, componen un variado mosaico multicolor. Sin embargo, todas once han sido votadas conjuntamente. Con lo que los diputados hemos sido emplazados a respaldar -o rechazar- al mismo tiempo, un argumento y el contrario. En un mismo acto, hemos votado a favor de que el Gobierno conceda la independencia a Catalunya y de que se refuercen las instituciones centrales del Estado en detrimento de los poderes autonómicos. Esta manera de proceder no tiene mucho sentido, pero es así. En la vida política, como en la vida en general, hay muchas cosas que, pese a carecer de sentido, se mantienen vigentes por los siglos de los siglos.

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Me sorprendió escuchar durante la campaña electoral una voz en off de agitado trémolo y timbre metálico, que decía algo así como que el derecho de autodeterminación es una figura jurídica totalmente ajena a la Unión Europea; una suerte pieza extraña al entramado legal que articula Europa. No recuerdo bien si la frase llegó a mis oídos a través de la radio, de un resúmen informativo de campaña o de la estridente megafonía de un vehículo de esos que portan sobre ruedas la publicidad electoral. Pero puedo asegurar que mis tímpanos lo registraron. Y que procedía de un partido que se hace llamar que se hace llamar no-nacionalista, aunque ha hecho pivotar toda su campaña electoral sobre insistentes argumentos de carácter patriótico-nacional-identitario. La afirmación, en cualquier caso, carece del más mínimo sustento.

Es cierto que el Derecho de la Unión Europea no reconoce en sus textos legales -no, al menos, de modo expreso- el derecho de autodeterminación de los pueblos. Pero tan cierto como eso, es el hecho de que tampoco lo niega, excluye o rechaza. Es más, en alguno de sus pasajes deja traslucir un reconocimiento -indirecto, sí, pero no por ello menos real y efectivo- de este derecho. Veámoslo.

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A lo largo de la campaña electoral he expresado en más de una ocasión la enorme perplejidad que me ha producido ver a los partidos políticos que han dirigido las riendas del Gobierno vasco durante los últimos tres años y medio, chapoteando irresponsablemente en el discurso de las dos comunidades y acogidos a lemas dicotómicos que distinguen radicalmente entre “ellos” y “nosotros”. Accedieron al Ejecutivo prometiendo acabar con la división y poner fin al enfrentamiento identitario y han concluído su mandato recurriendo con más énfasis que nunca al discurso dual de los orígenes, los acentos y los apellidos. Pobre balance el suyo, que el pueblo ha sabido censurar en las urnas.

No he sido yo quien ha agitado el espantajo de la exclusión para despertar entre los votantes el estímulo del miedo. Pero si nos atenemos al esquema conceptual con el que ha operado el PP -y en buena medida también el PSOE- a lo largo de la campaña, parece evidente que ayer ganamos “ellos”. Y en consecuencia, perdieron “nosotros”. Sólo confío en que, a partir de ahora, “nosotros” se dejen de demagogias y sectarismos y sean capaces de trabajar en serio en la tarea colectiva de conformar un demos vasco único e integrador, capaz de conciliar con sabiduría y ponderación el obligado respeto a las mayorías democráticas con el no menos obligado respeto a los derechos de las minorías.

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En los sistemas democráticos, las grandes decisiones políticas -entre las que se encuentra, por su puesto, la de elegir a las personas que asumirán la tarea de gobernar- se adoptan en las urnas. Es en ellas donde más claramente se expresa la voluntad popular. Pero además de la esencial función decisoria que desempeñan en el funcionamiento del sistema, las citas electorales suelen servir, también, para medir realidades sociales y evaluar tendencias políticas.

Al término de la jornada de hoy tendremos ocasión de medir tres cosas, que de alguna manera han estado presentes -y muy presentes- a lo largo de la campaña.

1.- Ellos y nosotros.

Evaluaremos, en primer lugar, si ganamos “ellos” o ganan “nosotros”. Después de tres años y medio dando sustento a un Gobierno que -según nos dijeron todo tipo de cantaores, guitarristas, cabeceras y palmeros- iba a poner fin, como por ensalmo, a las diferencias identitarias que secularmente han dividido a la sociedad vasca, el PSOE y el PP han centrado buena parte de su discurso de campaña en pedir el voto para “nosotros” -un “nosotros” que Patxi López ha llegado a perfilar groseramente aludiendo a los acentos y a los apellidos- y en alertar sobre el peligro que entrañaría un hipotético triunfo de “ellos”.

El viernes por la tarde, justo el día en el que se cerraba la campaña electoral, los buzones de correos de las viviendas situadas en el ensanche de Bilbao recibieron la masiva afluencia de unos sobres en cuyo anverso se urgía a los destinatarios a que fueran abiertos antes del domingo. El tono de la admonición era tan alarmante –Muy importante: abrir antes del domingo– que hubo quien llegó a pensar que se trataba de una notificación municipal que daba cuenta de un corte en el suministro de agua o de electricidad. Se equivocaba en la mitad y otro tanto. Era el remate de la campaña del PP, que venía a subrayar, por enésima vez, la importancia de ir a votar para evitar el triunfo de “ellos”. Cuando leí el papel me dí cuenta de que yo, al igual que muchos de los vecinos de Bilbao que habían recibido el inquietante mensaje de los populares vascos, era “ellos”. Es decir, de los que, si ganaban, iban a provocar el apocalipsis.

Esto es, por tanto, lo primero que se va a medir hoy: si ganamos “ellos” o si ganan “nosotros”. En cualquier caso, gane quien gane esta litis, la sociedad vasca siempre tendrá pendiente una deuda de gratitud con el PP -y con el  PSOE que, aun con otras palabras, ha utilizado igualmente la misma estrategia de las dos comunidades- por la extraordinaria aportación que con este mensaje han hecho a la integración social y política de Euskadi.

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“La nación -escribió Renan- es un plebiscito cotidiano”. Pero los nacionalistas españoles -esos que en Catalunya y Euskadi se hacen llamar no-nacionalistas-, han puesto tanto empeño en dejar a salvo su nación -perdón, quería escribir Nación- de los riesgos anejos a toda consulta plebiscitaria, que la han convertido en una amenaza cotidiana. Ellos no piensan, como Ortega que España deba ser un proyecto sugestivo de vida en común. Más bien al contrario, su trayectoria y actitudes de los últimos días reflejan que la consideran como un proyecto coercitivo de vida en común, cuya continuidad histórica no debe -ni puede- apuntalarse a base de atraer y seducir, sino a base de amenazar.

El vendaval político que se ha levantado en Catalunya desde la masiva manifestación del pasado Onze de Setembre,  constituye un claro ejemplo de lo que digo. La histérica y estridente respuesta con la que muchos españoles están respondiendo -en Madrid, en Catalunya y hasta en Euskadi- al propósito declarado por Artur Mas de consultar a los catalanes si desean constituir un nuevo Estado en Europa, está poniendo un énfasis tan exagerado en la advertencia y la intimidación, que alcanza, por momentos, cotas auténticamente hilarantes. No se les escucha una sola palabra encaminada a cautivar o seducir a los catalanes con el fin de atraerlos hacia una convivencia sugestiva. Se conoce que no encuentran demasiados motivos para estimular el interés de los catalanes en seguir vinculados a una España encuadrada entre los PIIGS que no cotiza en el mercado de la seriedad y de la buena reputación. Todo son apercibimientos, advertencias y anticipos de grandes males. Es más, sus aspavientos amenazantes están empezando a ser tan desaforados que, como antes decía, arrancan la carcajada del observador imparcial. En su enfermiza obsesión amenazante han llegado a sostener recientemente que como los títulos académicos los otorga Madrid, los catalanes se quedarían sin bachilleratos y sin licenciaturas. Y sin doctorados, claro. Una aberración.

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