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Archive for 31 agosto 2012

El mural pintado por José María Uzelai para el batzoki de Bermeo

Una de las joyas artísticas más reseñables del batzoki de Bermeo es -aparte, por supuesto, del propio edificio; una construcción de estilo racionalista proyectada por el arquitecto Pedro Ispizua- el mural del pintor vasco José Maria Uzelai que se exhibe en el salón principal del segundo piso. Se trata de una extraordinaria pieza pictórica, en la que el que el artista bermeano quiso plasmar un ambicioso retrato colectivo del municipio arrantzale; una comunidad vigorosa y pujante en el ámbito pesquero y, al mismo tiempo, entusiásticamente comprometida con la causa nacional vasca.

Dentro del intenso ambiente marinero que invade todo el conjunto -el óleo contiene una representación detallada de los útiles, aparejos, pertrechos y otros aspectos de los usos y costumbres que caracterizaban la vida laboral de los pescadores bermeanos de la época- la mayoría de las personas que figuran en la estampa resultan perfectamente identificables por reunir la doble condición de gentes vinculadas a la comunidad marinera local y militantes nacionalistas adscritos al  batzoki del municipio. El artista quiso ser tan fiel a la realidad, que hasta las embarcaciones atracadas en el puerto viejo reproducen naves de la época, que pertenecían a armadores bermeanos de ideología jeltzale. Todo está estudiado al detalle para representar con la máxima fidelidad la épica cotidiana de un pueblo trabajador y sacrificado, que vive apasionadamente la fuerza atractiva del nacionalismo vasco.

Pequeño fragmento del mural pintado por José María Uzelai para el batzoki de Bermeo.

La obra fue fruto de un trabajo intenso y concienzudo. Para su realización, Uzelai hubo de llevar a cabo un exhaustivo estudio etnográfico que le permitió captar con detalle las formas, colores y pormenores de la indumentaria, las embarcaciones y los útiles de trabajo del colectivo pescador. Cuentan, además, que invitó a pasar por su estudio a las personas que le sirvieron de modelo e inspiración para perfilar las figuras que ocupan una posición destacada en la tabla. En el diario Euzkadi correspondiente al 17 de junio de 1934, el cronista local, Julen Urkidi, daba cuenta en pocas palabras del duro trabajo que estaba desarrollando Uzelai para ultimar el mural en los días previos a la inauguración oficial del batzoki, así como de la expectación que ello estaba generando entre los militantes de la villa: “Batzokiko laurkak dirala-ta euzko-margolari ospatsu au batera eta bestera dabil. Ia azkenian zer urtetan daben”.

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Chulo y Cordero fueron dos bueyes bizkainos que obtuvieron grandes triunfos en las pruebas de arrastre de piedra que se organizaron en Euskadi en los albores de los años ochenta. Decían los entendidos que, más allá de su capacidad de arrastre -que, por supuesto, era notable- destacaban por la destreza con la que eran capaces de coordinarse para tirar limpiamente en la misma dirección; sin apenas requiebros o espasmos laterales.

La milimétrica identidad con la que los socialistas y los populares acostumbran a tirar del carro cuando se trata de alertar a los ciudadanos de Euskadi sobre los peligros que encerraría un hipotético triunfo electoral del nacionalismo vasco, me recuerda a la pareja de bueyes que tantos éxitos cosechó por los carrejos de Euskadi.

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Jacinto Miquelanera fue un escritor bilbaino de vocación periodística y vida viajera, que murió en los años sesenta, arrollado por el tren, en una estación del metro de París. Aunque en su juventud cultivó un cosmopolitismo liberal de fuerte sesgo antinacionalista vasco, acabó, como la gran mayoría de la inteligentsia bilbaina que frecuentaba las tertulias del Lion d´Or, seducido por la estética fascista de la Falange y aplaudiendo desaforadamente el régimen liberticida del general Franco. Durante la II República, mantuvo una estrecha relación personal con Primo de Rivera. Fue contertulio asiduo de “La Ballena Alegre” y comensal en las cenas de Carlomagno. También contribuyó a redacción la letra del “Cara al Sol”.

Aficionado al periodismo deportivo, dirigió, durante años, el diario Excelsior, que el grupo Euzkadi editaba en Bilbao, bajo la batuta del PNV. Su furibundo antinacionalismo vasco no le impidió, al parecer, dirigir una empresa informativa auspiciada y sostenida económicamente por gentes que obedecían a esa órbita ideológica. Después, cuando pasó a trabajar en el diario ABC, se despacharía a gusto con ellos, zahiriéndoles con sus mordaces ironías.

Durante los primeros años de la guerra civil, padeció los rigores propios de la vida de un refugiado en la sede una embajada iberoamericana en Madrid. Su experiencia la dejó escrita en dos relatos autobiográficos titulados Cómo fui ejecutado en Madrid (Ávila, 1937) y El otro mundo (Burgos, 1938).

Aunque su producción escrita fue muy desigual, Miquelarena escribía bien. Era un hombre leído y culto, muy inclinado al estilo irónico y humorístico. En el artículo que hoy reproduzco, que se publicó en el diario ABC de Sevilla hace ahora setenta y cinco años, hace gala de ambas cosas: de cultura y de sentido sarcástico. La guerra civil se encontraba en pleno fragor. Bilbao había caído en manos del Ejército franquista, y los rebeldes, amparados por la aviación alemana y el apoyo terrestre de los Flechas negras, avanzaba inexorablemente en dirección a Asturias. Y Miquelarena, liberado ya de su forzado encierro en Madrid, vuelca su pluma en legitimar la causa de los sublevados y avalar su glorioso avance  a lo largo de la costa vasca.

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Dice el refrán que al mentiroso se le coge antes que al cojo. La experiencia, sin embargo, pone de manifiesto que, a veces, se tarda más de lo que uno quisiera. En el caso del ciclista Lance Armstrong, por ejemplo, han tenido que pasar varios años para que pueda darse por probado que su deslumbrante gesta como corredor de élite, fue una vil patraña alimentada con el consumo masivo sustancias dopantes.

Lo de Patxi López ha sido más fácil, porque todo era, también, más visible y ostensible. Acaba de anunciar el fin de la legislatura y todo el mundo sabe ya que comenzó su mandato mintiendo -“jamás pactaré con el PP”- y que lo remata de la misma manera: “digan lo que digan, no adelantaré las elecciones”. Porque la verdad cruda y desnuda es que, contra lo que prometió en campaña, pactó con el PP y que, contra lo que prometía hace tan solo unas semanas, ha acabando adelantando las elecciones. El hecho de que Basagoiti, su socio, haya mentido también -“Jamás romperé el pacto con el PSE en el País Vasco, porque eso sería darle carnaza al PNV”, aseguró en mayo de 2011; un año antes de que lo rompiera- no sirve para disimular la entidad de las mentiras de López.

Pero para un político, tan malo como mentir, es que, además, se crea sus propias mentiras. Porque, si cuando miente, engaña; cuando da por buenas sus propias falsedades, acaba aplicando políticas equivocadas que dañan el interés general y perjudican a todos los ciudadanos.

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No me consta que, entre 1960 y 1962, el incomparable líder que dirigía con mano diestra los destinos de la reserva espiritual de occidente, lograse capturar algún cachalote en sus escaramuzas estivales por el Golfo de Bizkaia. Y la ausencia de reseñas periodísticas que registren algún lance sobresaliente en la actividad pesquera del caudillo, invita a sospechar que durante estos años no hubo gestas marítimas dignas de mención. Para rato iban a permitir los servicios del Propaganda del régimen que una captura del Azor, susceptible de ser vendida como una proeza deslumbrante del  jefe del Estado, pasase desapercibida ante la opinión pública. Si la prensa calló sobre este punto,  significa que no había de qué hablar.

El cachalote de Franco, depositado junto al carro-varadero del puerto de Bermeo.  A su lado, posan tres niñas del pueblo que se acercaron a curiosear.

Pero el día 12 de agosto de 1963, el pequeño capitán Ahab del Golfo del Cantábrico retomó su brillante trayectoria épica y volvió a medir sus fuerzas con un cachalote de cuarenta toneladas que, obviamente, consiguió reducir, apresar y traer a puerto. En esta ocasión, optó por trasladar su captura a Bermeo. Donostia y su entorno ya habían acogido en años anteriores presas parecidas a aquella y la acción propagandística, para que sea eficaz, debe ampliar y diversificar sus destinatarios.

Bermeo era, a la sazón, el principal puerto de bajura de la península, pero no era un destino turístico al uso. Y, por supuesto, carecía de la colonia veraniega y del aparato institucional y mediático que todos los años se desplazaba a San Sebastián, al calor de las vacaciones de Franco. La flota local se encontraba en alta mar, ocupada en la costera del bonito. La industria conservera trabajaba a todo trapo, preparando, elaborando y enlatando los túnidos que las embarcaciones traían a puerto en plena temporada. Todo el mundo estaba en sus quehaceres. Y en este contexto, la repentina arribada del Azor, con la irrepetible escolta del Almanzor, que remolcaba el cachalote muerto, fue un acontecimiento sorprendente para la mayoría del pueblo. No era habitual que el yate de Franco se decidiese a penetrar en el recinto portuario, y menos aún con un “regalo” semejante. Pero la mar es una fuente inagotable de sorpresas, incluso para los que viven junto a ella y se dedican a explotar sus recursos. Medio siglo atrás -en puridad, ya lo he dicho, medio siglo y un año atrás, el 12 de agosto de 1912- una terrible galerna había sumido al pueblo en el luto y la desesperación. Y ahora -pensaban los bermeanos-…  ahora, esto.

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Hace ya más de dos meses que lo anticipé: en Euskadi huele a elecciones que apesta (Cfr. “Ya huele a elecciones“, publicado en este blog el 6.06.12). Desde entonces, he ironizado en más de una ocasión sobre el paradójico hecho de que Patxi López se dedicara a negar el adelanto electoral, mientras se desgañitaba en actos de precampaña (Cfr., entre otros, “Legalizado Sortu, queda definido el escenario electoral vasco” que vio la luz el 25.06.12, “Sobre el “programa oculto” del PNV que obsesiona a López“, editado el 16.07.12 y “Solo era una pose“, publicado el 26.07.12). El Ejecutivo vasco y sus corifeos lo negaban con firmeza. No era tiempo de elecciones, decían. Pero estaba cantado. Los comicios se iban a convocar para el otoño. No había otra opción. Y así lo ha confirmado, por fin, el propio Patxi López, después haberlo desmentido ciento y un mil veces durante los últimos meses. El 21 de octubre, habrá elecciones. López empezó la legislatura mintiendo -“jamás pactaré con el PP”- y le pone fin de la misma manera: incumpliendo su palabra- “agotaré la legislatura”-. Es lo que hay.

Así comenzó la legislatura que ahora toca a su fin

Una ley universal que rige en todos los regímenes democráticos, postula que, cuando un presidente sabe que no va a continuar en el cargo, tiende a agotar la legislatura hasta el último segundo. Por inercia y porque una nómina -tan sólo una nómina- más para su amplia corte de colaboradores -ministros, consejeros, jefes de gabinete, asesores, altos cargos, presidentes de empresas públicas y de empresas amigas- es oro en paño que nadie puede desperdiciar.

Patxi López sabe perfectamente que no podrá seguir al frente del Ejecutivo vasco. En consecuencia, la ley universal que acabo de citar le resulta perfectamente aplicable. Máxime si se tiene en cuenta que los fracasos electorales que el PSE ha cosechado en las últimas citas con las urnas, han convertido el Gobierno vasco en un inmenso pesebre de ex-cargos de adscripción socialista. Si en algún caso tiene sentido resistir en el puesto para dar sustento a los paniaguados, ese caso es el del gabinete de López. Dejar en la calle a los cientos de socialistas vascos que durante los últimos tres años se han acogido a la beneficencia del Ejecutivo de Vitoria, representará, sin duda, un drama que, a buen seguro, no pasará desapercibido al secretario general del partido.

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El pasado doce de agosto se conmemoró, en Bermeo, el centenario de la terrible galerna que acabó con la vida de 116 arrantzales de la localidad, junto a otros 27 de diferentes localidades costeras de Bizkaia. Me hice eco de todo ello en un post específico, que dediqué a describir los actos que tuvieron lugar ese día (Cfr. “1912ko abuztuaren 12ko galernan hildako arrantzaleak gogoratuz“). Pero en las crónicas bermeanas del pasado siglo, figura, también, otro doce de agosto, que aún se conserva vivo en la memoria colectiva del pueblo. Me refiero, por supuesto, al día en el que Franco se presentó en el puerto a bordo del Azor, con la intención de desembarcar un cachalote que capturó en alta mar. El hecho ocurrió, exactamente, medio siglo y un año después de que tuvieran lugar los trágicos sucesos de 1912; el doce de agosto de 1963.

El cachalote de Franco, en el Diario Vasco de 6 de agosto de 1959

En aquella época, no era infrecuente que el Azor hiciera acto de presencia -e incluso fondease por algún tiempo- en las afueras del puerto. Entre los recuerdos de niñez, retengo, vagamente, su imagen blanca en las inmediaciones de Lamiaren punte; un prominente peñasco, situado a la salida puerto, tras el cual se ocultaba la fábrica de harinas de pescado Alfa. Como el yate del dictador solía ocupar un punto de uso habitual por parte los pescadores que se dedicaban a la captura del txipiron, el genio popular le dedicó una copla de tono sutilmente sarcástico en la que se reseñaba, junto a otras estampas de intenso sabor político, que “tio Patxiko Alfan dau tximinoitxen” (el tío Patxi se encuentra capturando txipiron frente a Alfa).

Pero aquel doce de agosto, todo fue diferente. El Azor no se mantuvo, como acostumbraba, a una prudente distancia de la entrada del puerto. En esta ocasión, penetró en el recinto portuario, acompañado por el carguero Almanzor, que remolcaba un cetáceo de notables dimensiones. Se trataba de un cachalote de once metros de largo, que pesaba cuarenta toneladas. La sorpresa de los bermeanos fue mayúscula. El cetáceo fue depositado en la zona del artza, junto al carro-varadero e inmediatamente después, descendió al muelle el propio Franco, acompañado del ministro de Marina, almirante Nieto Antúnez y el ministro del Ejército, el teniente-general Pablo Martín Alonso.

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