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Archive for 15/08/12

Tras la formación del primer Gobierno de Zapatero, en la primavera de 2004, tuve ocasión de cursar varios viajes a Barcelona, por causas que no hace al caso detallar aquí. El tripartito progresista catalán, constituido en las postrimerías de 2003 bajo la presidencia de Pasqual Maragall, era, todavía, una iniciativa novedosa que generaba curiosidad y expectación. Por una parte estaba el hecho de que, tras varios lustros gobernando en Catalunya, CiU había sido apeada de la Generalitat, con la advertencia, más o menos explícita, de que en los próximos años podía ser expulsada también de otras plataformas institucionales. Aunque el cambio operado en la cabecera de cartel no le había impedido ganar las elecciones -hay que recordar que fue, precisamente, en aquellos comicios, cuando la federación nacionalista decidió sustituir la veterana candidatura de Jordi Pujol por la de Artur Mas-, lo cierto es que el compromiso suscrito por el PSC, ERC e ICV con el confesado propósito de promover el cambio político en Catalunya, le había arrojado a la periferia del espacio institucional. De suerte que, por primera vez en el reciente período democrático, el Gobierno catalán se iba a constituir sin el concurso de CiU; lo que constituía una novedad no desdeñable. Pero junto al arrinconamiento de la federación nacionalista, estaba, también, la incertidumbre que generaba la acción política de una alianza que actuaba por primera vez en el escenario autonómico. ¿Qué cabía esperar de ella? ¿Qué novedades iba a introducir en la trayectoria seguida por la Generalitat desde 1980?

Interesado, como estaba, por conocer el grado de aceptación social que tenía el recién estrenado tripartito, tanteé a varios ciudadanos barceloneses -de una manera absolutamente informal, por supuesto- con objeto de recabar información de primera mano sobre la opinión que les merecía aquél inédito ensayo gubernamental. Huelga decir que a los impenitentes místicos de la izquierda, la iniciativa les parecía soberbia; magnífica; ideal. Aplaudían sin ambages y con un entusiasmo digno de la mejor causa, el hecho de que, por primera vez durante mucho tiempo, Catalunya fuera a disfrutar de los beneficiosos efectos de un Gobierno progresista dispuesto a enterrar para siempre los tenebrosos tics de la derecha y aplicar, sin complejos, planteamientos laicistas, criterios igualitaristas, políticas sociales avanzadas etcétera.

Pero lo que más me sorprendió fue el hecho de que, hasta los que no compartían la fascinante mística de la izquierda, se mostraban esperanzados con la empresa política emprendida por el tripartito. Recuerdo que entre la mayoría de la gente a la que consulté, advertí una especie de optimismo ilusionado ante la nueva andadura del Ejecutivo autonómico. Una gran parte de las respuestas que me dieron, reflejaba, básicamente, la misma percepción: CiU había agotado un ciclo -con sus luces y sus sombras, como toda obra humana- y, el nuevo Gobierno, que descansaba sobre el doble pilar del catalanismo y la izquierda, ofrecía un discurso fresco, muchas promesas y un horizonte francamente esperanzador. “¿Por qué no darles una oportunidad?”, sugerían la mayoría. A lo que uno de ellos, apostilló: “Con este tripartito, los catalanes tenemos poco que perder y mucho que ganar”.

Me interesa señalar que, enntre quienes hacían este tipo de comentarios, no faltaban antiguos votantes de CiU que -imperativo democrático mediante- se mostraban dispuestos a dar un voto de confianza a la iniciativa.

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