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Archive for 7/02/11

Durante los últimos días, los medios de comunicación no dejan de publicar noticias, comentarios y análisis relacionados con las revueltas que están teniendo lugar en los países árabes de la cuenca mediterránea. La atención se ha centrado, sobre todo, en Túnez y Egipto, que son los Estados en los que más lejos parece haber llegado la fuerza desestabilizadora de las manifestaciones callejeras, pero no cesan las especulaciones sobre el efecto emulación que estos dos ejemplos puede provocar en otros países de la región. Y quien más quien menos, todo el mundo se pregunta, entre sorprendido y desasosegado, qué es lo que está ocurriendo y a qué escenario nos pueden conducir los violentos disturbios callejeros a los que nos aproximan las imágenes de televisión. En Europa, la preocupación es patente. Pero la inquietud no es menor en los Estados Unidos. Los medios de difusión norteamericanos -durante esta semana he tenido la ocasión de comprobarlo personalmente- están dedicando un espacio inusitado a estos acontecimientos, que cubren desde el punto de vista informativo y comentan, con profusión, recabando, para ello, la opinión cualificada de expertos en política internacional, estudiosos del mundo árabe, diplomáticos, antiguos embajadores y eminentes estadistas. En el informativo de un programa de televisión, ví, esta semana, que la crónica sobre las revueltas de El Cairo era completada con la reflexión, que suministraban en directo, de nada menos que un antiguo embajador de los EEUU en este país árabe y el ex primer ministro del Reino Unido, Tony Blair.

Aznar y Mubarak se saludan en la puerta de La Moncloa

Si se tratase de movimientos insurgentes surgidos espontáneamente del pueblo con el exclusivo propósito de derrocar regímenes tiránicos y corruptos, que sofocan la libertad sin propiciar el desarrollo económico y la promoción social de los ciudadanos, la preocupación que estas revueltas suscitan en Occidente, alcanzarían, probablemente, un nivel de intensidad menor. Pero no es sólo eso. La agitación social está teniendo lugar en una región en la que los países desarrollados tienen muchos intereses. Hasta la fecha, esos intereses eran cabalmente defendidos por regímenes autocráticos que, bajo la coartada de la estabilidad política, desarrollaban contra sus súbditos una represión bárbara, que negaba libertades y vulneraba derechos fundamentales. Pero Occidente miraba, en bloque, hacia otro lado, porque el verdugo que protagonizaba esta sórdida represión, era, al mismo tiempo, el amo de llaves que custodiaba su caja.

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