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La prensa de hoy nos dice que ayer, tras las reunión que Rajoy mantuvo con Artur Mas en La Moncloa, el presidente del Gobierno español mantuvo una larga e intensa conversación telefónica con Pérez Rubalcaba, a quien refirió personalmente el contenido del encuentro y -es de suponer- pidió complicidad y ayuda para frenar el ímpetu de lo que cierta prensa española, con muy poca originalidad, por cierto, -la expresión ya había sido profusamente utilizada hace unos años, con ocasión de la ley vasca de consulta- viene calificando de «desafío soberanista». Ese discreto conchabeo entre las dos principales fuerzas políticas del Estado español, me recuerda al encuentro que Zapatero y Rajoy celebraron con el rey en La Zarzuela, el mismo día en el que el lehendakari Ibarretxe se presentó en el Congreso de los Diputados a defender la Propuesta de Nuevo Estatuto para la convivencia que semanas atrás había sido aprobado por la mayoría absoluta del Parlamento vasco.

Si entoces se juramentaron para actuar conjunta y coordinadamente de cara a neutralizar las aspiraciones nacionales del pueblo vasco -algo que se vio con claridad en los meses subsiguientes- no creo que en esta ocasión hayan pactado algo esencialmente distinto. Estoy seguro de que han vuelto a concertar una estrategia coordinada para utilizar todos los mecanismos a su alcance -los institucionales, los económicos, los diplomáticos, los militares y hasta los que se activan en los bajos fondos- para amortiguar el empuje con el que avanza el independentismo catalán. Eso sí, como en España juegan a gobierno y oposición, ese compromiso de fondo se trasladará a la opinión pública revestido con formas y formulaciones distintas, para que no se note demasiado que en todo lo que hace referencia a la defensa de la unidad sacrosanta de la patria común e indivisible de todos los españoles, actúan como si fueran un solo partido.

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Han transcurrido ya varios años desde que publiqué en este mismo  blog una entrada en la que llamaba la atención sobre la ambigua actitud con la que los socialistas, en general, y los socialistas vascos, en particular, se han aproximado históricamente a la figura foral del Concierto Económico (Cfr. «Los socialistas vascos y el Concierto Económico; una historia cargada de ambigüedades«). Nunca ha sido -sostenía allí- santo de su devoción. El régimen concertado nunca ha tenido encaje cómodo en su ortodoxia fiscal centralizada y uniformizadora.

Más recientemente, anotaba, en otro post, que la dinámica Gobierno/Oposición que preside las relaciones entre los socialistas y los populares en las instituciones centrales del Estado, produce, a veces, daños colaterales en ámbitos como el del Concierto Económico, que ocupan una posición claramente secundaria en la jerarquía de prioridades de ambos partidos (Cfr. «Daños colaterales«). La prueba más elocuente de lo que digo se encuentra en el estancamiento que padece el Cupo desde que el PP gobierna y Madrid y Patxi López preside el Gobierno vasco. Condicionados, como están, por la confrontación política a la que están abocados por mor de la dialéctica gobierno/oposición que desarrollan en Madrid, son incapaces de adoptar acuerdos en torno a una cuestión que para ellos reviste un interés muy relativo. Los populares no tienen prisa alguna en convocar la Comisión Mixta del Concierto Económico y los socialistas vascos tampoco tienen intención de desgastarse lo más mínimo en la defensa de un asunto que nunca les ha estimulado demasiado. Unos y otros piensan que ya vendrá el PNV a dejarse la piel para arreglarlo, mientras ellos juegan a cruzarse invectivas con arreglo al papel que a cada uno le toca desempeñar en Madrid. Euskadi y sus instituciones son algo marginal.

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Agur, Patxi

Patxi López viene repitiendo en los actos preelectorales de las últimas semanas, que se presenta a estos comicios «para ganar». Sin embargo, todo lo que está haciendo el Gobierno que preside en esta última fase de la legislatura, parece concebido por alguien que da por seguro que va a perder. El que trabaja para ganar y confía realmente en la posibilidad de hacerlo, no pone en marcha una devastadora política de tierra quemada. Antes al contrario, procura salvar de la ruina los efectos y herramientas que le resultarán necesarias para seguir trabajando en el futuro. Sólo quien lo da todo por perdido y no siente la más mínima preocupación por lo que pueda suceder tras su derrota, se dedica a dinamitar lo construido para reducirlo a escombro y dificultar, así, la tarea del que venga por detrás.

Los milicianos de extrema izquierda que, durante la guerra civil, incendiaron Irún, devastaron Eibar y barrenaron la Universidad de Deusto, no lo hicieron «para ganar», sino porque sabían que iban a perder y les importaba una higa lo que pudiera ocurrir tras ellos.

Algo de esto sucede, como decía, con la gestión de las finanzas públicas que el gabinete de López está llevando a cabo en este momento crepuscular de su mandato. Que no parece la de alguien que aspira a «ganar», sino la de alguien que da por descontada su derrota. Y me explico.

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El martes de esta semana el Congreso de los diputados fue escenario de un debate en el que vimos gráficamente reflejado el peculiar modo de hacer política que predomina en el Estado español. Me refiero a la toma en consideración de la proposición de ley sobre televisión sin fronteras; una proposición de iniciativa popular, que llegó a la cámara avalada por la firma de más de seiscientos cincuenta mil ciudadanos. El texto tenía por objeto remover los obstáculos que hoy, todavía, impiden que las emisiones de radio y televisión autonómicas que se realizan en catalán, euskera y gallego, puedan ser recibidas directamente en el territorio de otras comunidades autónomas en las que esas lenguas revisten, también, carácter cooficial.

El debate no era nuevo. La iniciativa ya había sido debatida y tomada en consideración al término de la pasada legislatura. Interesa reseñar, sin embargo que, aun cuando su texto había sido registrado en la cámara en septiembre de 2010, no fue debatido hasta un año después, cuando el segundo y último mandato de Zapatero tocaba a su fin. Los socialistas, que entonces gobernaban, mostraron tan escaso interés en facilitar su tramitación -el asunto de las lenguas cooficiales sigue siendo incómodo para muchos de ellos-, que la tuvieron metida en el cajón hasta que, una vez que se había anunciado ya el fin de la legislatura, permitieron que la iniciativa llegase al parlamento, desde la seguridad de que no quedaba tiempo suficiente para que pudiera ser aprobada en los pocos días que restaban para la conclusión del mandato. Y como el resultado de la votación ya no comprometía a nadie, todos los grupos le prestaron su apoyo, excepto el popular, que se abstuvo.

Esta semana, como decía, la proposición ha vuelto al Congreso. Pero en esta ocasión, el desenlace del Pleno ha sido muy diferente. El PSOE que, como ya he dicho, en la pasada legislatura retrasó su debate hasta alcanzar la certeza de que lo avanzado del mandato hacía inviable su tramitación, se ha erigido ahora en el principal valedor de la iniciativa y -¡oh sorpresa!- ha intervenido en un turno a favor. Y el PP, que ya no está en la oposición demagógica, sino en el mando autoritario y desabrido, ha votado que no. Sin ambages ni matices: no. De manera que la proposición, que hace un año fue admitida a trámite, el martes pasado quedó rechazada a limine. Y la ilusión que miles de ciudadanos pusieron en la posibilidad de que que fuera tramitada y aprobada por las Cortes Generales, se trasmutaba, de repente, en descarnada frustración. La calculada administración de plazos, abstenciones y negativas desplegada por los socialistas y los populares, ha sumido en el desemgaño a varias decenas de miles de ciudadanos.

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No hace falta ser muy sagaz para imaginarse que esta semana, las comidillas parlamentarias -el orden del día es otra cosa; más solemne, sí, pero en los días que corren, menos interesante- han versado, mayoritariamente, sobre la imponente manifestación que el martes recorrió las calles de Barcelona, con el ánimo de festejar la Diada bajo el lema: «Catalunya, próximo Estado de Europa». La mañana del martes -antes, por tanto, de que arrancase la marcha, que se desarrolló por la tarde- coincidí en los pasillos del Congreso con un destacado militante del PSC. Le pregunté -el aguijón era obligado- si se encontraba más cerca de Pere Navarro o de Ernest Maragall. Me respondió con una sonrisa. No hacía falta más. Era evidente que estaba con Navarro y no tenía previsto asistir a la marcha.

Cuando sugerí, inmediatamente después, que las previsiones mejor fundadas anticipaban una concentración multitudinaria, su comentario fue terminante: «Imagínate una manifestación convocada conjuntamente por el PNV y por todo el conglomerado de la izquierda abertzale, que cuenta con el apoyo explícito y entusiasmado de la radio y la televisión públicas, los entornos mediáticos de todas las formaciones convocantes y el grupo Vocento. ¿No sería multitudinaria? Sí, ¿verdad? Pues eso. Ésta, que viene respaldada hasta por el Grupo Godó, también lo será. No hay duda».

Y así fue. Aunque los informativos de TVE intentaran minimizarla -¿vuelven los aciagos tiempos de Aznar y su manía telemanipuladora?- la manifestación fue un éxito. Cientos de miles de personas caminaron, bajo un auténtico mar de senyeras esteladas, reclamando la independencia de Catalunya. Con el fin de evitar confusiones, algunas pancarta aclaraban: «No queremos el pacto fiscal. Queremos la independencia». Y unas camisetas ampliamente utilizadas por el público asistente, completaban la imagen con la siguiente frase: «Make no mistake. I´m catalan. And so I´m not spanish«.

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Aunque Aznar y Acebes seguieron repitiendo con la tenacidad de un soldado napoleónico, que la única hipótesis solvente apuntaba hacia ETA, todos supimos que el atentado del 11-M no había sido cometido por esta organización terrorista, cuando vimos a Arnaldo Otegi condenar el ataque. No había error posible: si Otegi condenaba, no había sido ETA.

En Euskadi han sido muy habituales las condenas selectivas de hechos violentos y/o vulneradores de derechos. Se condenaban sin remisión los atentados cometidos por los oponentes políticos, pero se disimulaban o disculpaban los perpetrados por los afines, con argumentaciones forzadas y frases ininteligibles. Y me temo que siguen siendo muchos los que, todavía, rechazan las agresiones y atropellos con arreglo a un esquema rigurosamente asimétrico: excusando -cuando no celebrando- los propios y repudiando acremente los ajenos.

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Patxi López ya tiene su  leit motiv electoral. Dice que necesita «cuatro años más de gobierno socialista». Nada menos. Y ante la explícita manifestación de su deseo de continuar en el cargo, no son pocos los vascos que han clamado, angustiados:  Libera nos domine.

López habla de «cuatro años más de gobierno socialista». Y lo dice como si el mandato que inició de la mano de Basagoiti en mayo de 2009, hubiese durado cuatro años; lo cual es -afortunadamente- falso. Lo dice, también, como si lo que él ha presidido desde entonces, hubiese sido un auténtico gobierno; lo cual es -desgraciadamente- falso. Y lo dice, en fin, como si la andadura institucional que concluirá el próximo 21 de octubre, hubiese tenido un claro marchamo socialista; lo cual es -evidentemente- falso.

Todo es falso, como se ve, en su divisa electoral: el balance de lo hecho y, por ende, la definición de que le gustaría seguir haciendo. Porque si lo suyo no ha durado cuatro años, ni ha sido un gobierno, ni ha sido socialista, pretender que se prolongue en el tiempo como «cuatro años más de gobierno socialista», es algo que se sitúa entre la temeridad y la alucinación.

Pero, desgranemos un poco el lema de López.

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Gazte-gaztetatik ikusi izan dugu bermeotarrok, Andramarietako lehen egunean, udaleko ordezkariak Almikako (Albonigako) auzora igotzen, bertako eleizan meza nagusia entzun ondoren, eleizaren atarian ohorezko aurreskuari ekiteko. Ni neu ere, gaztea eta dantzaria nintzenean, egun horretan, Almikako auzoan, aurreskua dantzatzen jarduna naiz. Aurresku osoa, noski; ohorezkoa; eleiz-atekoa; desafioarekin hasten dena. Eta ni-neu aurreskulari, jakina. Argazkiak daude -sinesten ez duenarentzat- dinodan hau argi eta garbi frogatzen dutenak.

Ohitura hau, antzina-antzinakoa da Bermeon. 1754ko udal araudiaren 44. aginduak argi asko esaten zuen, udaleko agintariak urtean-urtean joan behar zutela «a Nuestra Señora de Alboniga en ocho de septiembre», ospakizunari ohiturak eskatzen zuena ematen. Etxean daukadan jai-egitaraurik zaharrenean -1961. urtekoa da berau- argi eta zehatz aipatzen da Andramarietako lehen eguneko ekitaldi hau:

«El Iltre. Ayuntamiento en Cuerpo de Comunidad y demás autoridades, precedidas por las Bandas de Guernica y  Bermeo, el Grupo Folklórico de la localidad se dirigirán al Santuario de Ntra. Sra. de Albóniga, para asistir a la solemne Misa Mayor. A su terminación, tendrá lugar el tradicional aurresku de honor»

Gaur egunean -hein handi batean behintzat- udalherriko kaleetan ospatzen dira Andramariak; herriko kaskoan, horrela esatea zilegia bazait. Baina Andramari jaien jatorria, goian dago: Almikan. Alegia, bertako birjinari gorazarrea egiteko hasi ziren ospatzen duela mende batzuk. Eta hori horrela izanik, jaietako ekitaldiak ere orain baino presentzia handiagoa zeukaten Almikan. Hau da, Almikako Andramariaren jaiak izaki, Almikan bertan ospatzen ziren neurri handi batean.

1979ko irailaren 8an, Bermeoko alkatea (Elu Bibao) udal korporazioarekin batera Meza nagusia entzun ondoren Almikako eleizatik aurreko atarira urtetzen zegoen unean

Post honi erantsi diodan lantxoak aipatzen duenez, Andramarietako hiru egunetan -sasoi hartan ez zegoen oraindik arrantzale-egunik-, gaztejendeak, eguerdian plazan -goiko plazan, jakina- eta arratsaldean Almikan egin ohi zuen erromeri-dantzaldia. Gabaz, berriz, su artifizialak ikusi eta gero, udaletxearen aurreko plazara itzultzen ziren ostera ere dantzari ekinez jai-egunari amaiera emateko.

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Siempre me ha llamado la atención el hecho de que la invocación formularia del Estado de Derecho, como una cláusula de estilo de obligada utilización cuando se hace referencia a la lucha contra el terrorismo, la hubiera patentado entre nosotros  un ingeniero agrónomo. Cuando oigo a Mayor Oreja argumentar que el Estado de Derecho es y debe ser el único protagonista admisible en la batalla contra ETA, no puedo evitar -a pesar de los años transcuridos desde que empezó a hacerlo- un punto de estremecimiento. Porque conociendo su trayectoria, no puedo dejar de preguntarme por la idea que puede tener alguien como él de algo que es radicalmente ajeno al ámbito de conocimiento en el que se sitúa su formación académica.

Afortunadamente, la estridente controversia que ha provocado en el seno del PP la resolución adoptada por el Ministerio de Interior en relación con el preso de ETA Josu Uribetxeberria -a quien buena parte de la prensa española se refiere ridículamente por su segundo apellido: Bolinaga- ha contribuido a poner al descubierto la rústica concepción que Mayor tiene del Estado de Derecho. Una concepción tan tosca y agreste que permite comprender un poco mejor su tan dilatada como criticada trayectoria política.

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Iniciamos el mes de agosto con la esperanza de que el BCE se decidiese a adoptar alguna medida enérgica para salvar el euro. Las terminantes palabras pronunciadas por su presidente en los días previos -«haré lo que haya que hacer para preservar el euro. Y créanme que será suficiente»- autorizaban a ser optimista y abrigar expectativas. Pero luego salió con aquello de que sólo intervendría en el mercado de deuda de los Estados miembros que se lo solicitasen expresamente. Y a todos nos sonó a rebaja. Si hay que rellenar una instancia y presentar la solicitud en el registro correspondiente -recelamos muchos- seguro que al pie del formulario figurará una cláusula, escrita con caracteres diminutos, en la que se hará constar que la firma del documento supone la aceptación automática de todas las condiciones establecidas en el memorándum, etcétera. Y los curiosos mensajes posteriormente emitidos desde el Bundesbank, cuando advirtió en tono admonitorio que la compra de bonos por parte del BCE, como el mismísimo consumo de drogas, constituye una práctica que crea adicciones peligrosas, nos arrastró de nuevo al desconsuelo. Estábamos en lo mismo de siempre.

Imagen del municipio francés de Saint-Savin, en el que se puso en circulación, hace medio siglo, la idea del «euror», la moneda europea que iba ser la alternativa del dólar.

Pero el mes de septiembre ha vuelto a traernos noticias positivas. La expectativa renace y el optimismo vuelve a asomar entre los actores económicos y los observadores. Todo parece indicar que, a pesar del Bundesbank -que siempre, por cierto, se ha opuesto a los avances llevados a cabo en la integración económica y monetaria europea- va a ponerse en marcha el programa de compra de bonos que el presidente del BCE había esbozado antes de las vacaciones. Es una gran noticia, sin duda. Si todo va bien -y toco madera- esta medida relajará la tensión existente sobre la deuda pública de las economías más débiles y la prima de riesgo bajará. En consecuencia, todos los titulares han empezado a hablar con satisfacción de la irreversibilidad del euro que, por fin, deja de ser la única moneda huérfana del mundo; la única que carece del tutelaje de un Banco Central y de un Ministerio de Economía dispuestos a darle cobertura y salir al quite ante todos los ataques de los que pueda ser objeto por parte de los mercados.

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