Tras pasar unos días en el extranjero, ayer, domingo, regresé a Bilbao en el vuelo que sale de Madrid a las 22,20 de la noche. En Barajas me hice con la prensa española -la que los no-nacionalistas intitulan como nacional– que llevaba varios días sin consultar. Y la apresurada lectura que pude hacer en el vuelo hacia Loiu, me ha permitido comprobar que la situación política apenas ha cambiado por estos lares. La opinión pública -guiada, como casi siempre, por la publicada- sigue centrada en las derivaciones del caso Gürtel y en el nuevo modelo de financiación autonómica.


Josep Pla fue un extraordinario y prolífico escritor gerundense al que muchos hablantes de la lengua de Maragall consideran como uno de los grandes maestros de las letras catalanas. Fue un hombre inteligente y muy cínico, al que gustaba aproximarse a la realidad desde la ironía, las contradicciones y las paradojas.
En 1942, el escritor portugalujo Juan Antonio Zunzunegui entregó a la imprenta la segunda serie de sus Cuentos y Patrañas de mi ría. Era una colección de relatos breves, reunidos en un solo volúmen bajo el inquietante título de «El hombre que iba para estatua». El rótulo, que encabeza una portada de tono ocre bastante intenso, aparece ilustrado con un dibujo en el que se representa una silueta humana dividida verticalmente en dos mitades. La de la derecha refleja al hombre, vestido con americana, camisa a rayas y una pajarita al cuello. La situada a la izquierda, por su parte, traza el perfil de una estatua de corte clásico, labrada en blanco, desprovista de ropa y con el brazo extendido. Su pose es la de un emperador augusto.
Hace unas semanas, publiqué un post que llevaba un título muy similar a este (Vide
El jueves por la mañana asistí, en Madrid, a un desayuno informativo concedido por Artur Mas. He estado presente en todos los que se han organizado en la villa y corte en torno al líder de Convergencia y ello me ha permitido seguir de cerca la evolución personal y política que ha experiementado durante los últimos cinco años. 

En el viaje que hace unas semanas cursé a Israel, tuve ocasión de saludar, en la zona de Tiberíades, justo a la orilla del Mar de Galilea, a una mujer llamada Dalia que hablaba un castellano de sabor arcaico, aunque perfectamente inteligible. No pudimos ocultar una cierta sorpresa. Se expresaba en ladino, la lengua que, todavía, cuatro largos siglos después de que fueran obligados a abandonar sus casas y haciendas, utilizan los judíos sefardíes expulsados por los Reyes Católicos en 1492.