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Archive for 19 julio 2010

La edificante imagen que nos ha llegado a través de los medios de comunicación, en la que se veía a varios dirigentes y cargos públicos del PP haciendo mofa y escarnio del Lehendakari Aguirre, mientras posaban, bandera española en ristre, frente a la estatua que el municipio de Bilbao ha erigido en su memoria junto al hotel Carlton, me ha hecho recordar una crónica que El Tebib Arrumi, -alias periodístico de Víctor Ruiz Albeniz, abuelo de Alberto Ruiz Gallardón- escribió tras la ocupación de la capital vizcaína por el ejército de Franco, para ser leída por Radio Nacional de España tras el parte oficial de Guerra. No digo que sean estampas intercambiables. No digo que sean idénticas en contenido sentido, contenido y circunstancias. Digo, sencillamente, que la contemplación de una imagen me ha llevado a evocar la otra.

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Ha sido impresionante. La manifestación celebrada ayer en Barcelona en protesta por el fallo dictado por el Tribunal Constitucional en el pleito contra el Estatut, ha congregado a una auténtica multitud de ciudadanos indignados por el contenido de la sentencia y firmemente decididos a reclamar el respeto a su dignidad colectiva, duramente pisoteada por el pronunciamiento del alto tribunal. No voy a recurrir al manido tópico periodístico, representando la manifestación con la imagen de una riada humana que colmaba, de ribera a ribera, las principales arterias de la ciudad condal. Y no lo voy a hacer, porque mentiría. La afluencia de gentes fue tan  masiva, que la inmensa mayoría de los congregados no pudo -no pudimos- avanzar un solo paso en la dirección marcada por los organizadores del evento.

En el paseo de Gracia, junto a Duran, Urkullu, Mas y Trias

El colapso era total. En las horas centrales de la manifestación -entre las seis y las siete de la tarde- no era posible caminar ni para delante, ni para atrás. El nutrido flujo humano que llenaba la calle, estaba literalmente estancado. Inmóvil. Había copado todo el trayecto y el tránsito era imposible. Sólo parecía factible, y con muchas dificultades, salirse de la manifestación hacia alguna de las calles paralelas al trazado oficial. Pero nadie parecía dispuesto a abandonar aquella concentración festiva de fuerte tono reivindicativo. Catalanes y visitantes, de todas las edades y de todos los colores copaban el asfalto esgrimiendo enérgicamente senyeras catalanas -gran parte de ellas esteladas, dicho sea de paso-, banderas solidarias de otras naciones presentes en el acto y todo tipo de pancartas reivindicativas con las más variadas reclamaciones. Catalonia is not Spain, sentenciaba con firmeza la pancarta situada sobre una inmensa senyera estelada que pendía, en posición vertical, sobre la fachada de un edificio en obras situado frente a nosotros. Adeu Espanya, clamaban unos carteles diseñados con la forma de una mano. La nostra sentencia -sugería un cartel bien visible-, Independencia. Todos los asistentes portaban pegatinas y pins con el lema central de la concentración: Som una Nació. Nosaltres decidim. Periódicamente, un grupo de jóvenes elevaba sobre la multitud la silueta vertical de un castellet de varios pisos, provocando el apasionado aplauso de la concurrencia. Una música de fondo, conformada por tonadillas tradicionales catalanes, completaba el cuadro festivo, que sólo se quebraba cuando la multitud repetía, a voz en grito, alguna consigna reivindicativa.

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Múltiples voces, de las más diversas procedencias, vienen insistiendo, en estos últimos días, sobre la imperiosa necesidad de acatar la sentencia dictada por el Tribunal Constitucional en relación con el Estatut. Unas y otras repiten hasta la saciedad la fatigosa cantinela del Estado de Derecho, el imperio de la ley, las reglas de juego, el papel esencial de los jueces, la imparcialidad de los tribunales, etcétera, etcétera. Nada tengo que objetar al hecho de que ese discurso candoroso y “correcto”, venga formulado por teóricos del abstracto o gentes de la Academia que están obligadas a mantener la compostura. Pero el relato buenista e ingenuo no me parece tan admisible cuando lo escucho de boca de los que se han pasado los últimos años maniobrando arteramente para asegurarse que el Tribunal emita el juicio más favorable posible a sus respectivas posiciones políticas. Me parece un acto de cinismo supremo que, quienes han desarrollado todo tipo de esfuerzos para poner en el Tribunal a sus amigos más dóciles, cambiar las reglas de funcionamiento interno, impedir su renovación en tiempo y forma, recusar a los desafectos, presionar a los magistrados con artes burdas o sutiles y propiciar toda suerte de enjuagues y manipulaciones, se pongan ahora solemnes y nos exijan a todos los que hemos asistido perplejos a tan penoso espectáculo, que respetemos a pies juntillas el fallo dictado y dejemos de ver en el alto tribunal -permítanme la ironía- la escandalosa gallera en la que el PSOE y el PP han venido midiendo la fortaleza de sus respectivos espolones político-judiciales. Me resisto a dar por buena semejante pretensión. Si ayer, el Tribunal Constitucional era tan sólo un tablero -uno más- para que los socialistas y los populares echasen sobre él uno de sus inveterados pulsos político-partidistas, no puede ser que hoy, ese mismo Tribunal se haya convertido en un órgano digno del máximo respeto, cuyos veredictos, cargados de auctoritas y buen sentido, han de ser asumidos sin rechistar por las instituciones y los ciudadanos. Una reyerta partidista es, siempre, una reyerta partidista, aunque quienes participan en ella se presenten en el campo de batalla ataviados con toga y puñetas. La indumentaria negra y las formalidades jurídicas no alteran el sentido último de la confrontación.

Pero la sentencia es toda una cantera de acontecimientos chocantes y curiosos. Según parece, no todos los que nos exhortan a acatarla comparten la misma idea sobre lo que significar acatar las resolulciones de un tribunal. Veamos algunos

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Leo en la prensa de hoy que, en una rueda de prensa celebrada ayer, voces autorizadas del socialismo vasco ensalzaban hasta el infinito y más allá el año y pico del Gobierno pepedependiente de López argüyendo que, gracias a su acertada gestión, nunca suficientemente ponderada, se ha logrado “descomprimir el debate identitario, como paso previo para conseguir una sociedad más cohesionada”. ¡Ahí es nada!. Descomprimir -dicen- el debate identitario. Nada menos. Y en la Euskadi de las identidades múltiples y encontradas.

 

La generosa y comprensiva acogida que sus declaraciones reciben últimamente por parte de la mayoría de los medios de comunicación, les está insuflando una sensación de impunidad tal, que quienes formularon esa pomposa frase ni tan siquiera repararon en el significativo detalle de que, hoy, iba a ser publicada junto a la noticia de que el nuevo reclamo turístico del Gobierno vasco, se construirá bajo el lema: “I need Spain/ Necesito España”. ¡Toma descompresión identitaria!

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A mediados de mayo, un conocido sociólogo que ejerce la docencia en la Universidad del País Vasco, me anticipó la primicia: “Ya han concluido -me dijo- el trabajo de campo del Euskobarómetro. El resultado es pavoroso. La valoración del Gobierno vasco sigue estando bajo mínimos. El colosal esfuerzo propagandístico que están llevando a cabo para mejorar su imagen no rinde frutos. Y Están preocupados, claro está”.

Me tomé el comentario con cierta reserva. No siempre que te anticipan acontecimientos prácticamente seguros, acaban cumpliéndose los vaticinios. “¿Cuando se publicará?”, inquirí. “No lo sé”, respondió mi interlocutor. Y añadió: “Pero seguro que lo retrasan algunas semanas, porque tendrán que retocar algunas cosas. No lo van a publicar tal y como está. Sería muy fuerte”.

López y Basagoiti, los artífices del pacto PSE-PP que el 63% de los vascos rechaza explícitamente y sólo respalda el 19%

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Tal día como hoy, nací hace cincuenta años en el corazón de la Bizkaia nuclear; en lo que el profesor Mañaricua definía, en sus memorables clases de Historia del Derecho, como la Bizkaia de los documentos del siglo XI.  No tuve mucho mérito en ello. Mis padres vivían allí. Por otra parte, nunca he compartido la ridícula ufanía de quienes tienden a considerar que la generación a la que uno pertenece sobresale de entre las demás, por el extraordinario talento natural que pretendidamente adorna a sus hijos, y sólo a ellos. No creo, de verdad, que los nacidos en 1960 “seamos los mejores”, tal y como se empeña en repetirme, cada vez que me cruzo con él, un antiguo compañero de pupitre. Yo trato de hacerle ver que, de aquellas desvencijadas aulas escolares que compartimos hace ya varios lustros -donde nos enseñaron la tabla de multiplicar, pero también a entonar Montañas Nevadas con voz impostada y gesto marcial- ha salido de todo: chicos deslumbrantes y grises mediocridades. De las chicas no hablo porque estaban aparte. No se estilaban las aulas mixtas. Y que si eso ocurría en Bermeo, lo más probable es que sucediera algo parecido en el resto del mundo: en Ponferrada, en Boston o en Beijing. Pero pasa el tiempo y, año tras año, compruebo con desánimo que mi esfuerzo es inútil. Se conoce que a mi amigo le resulta estimulante sentirse miembro de una añada digna de mención -como ocurre con las cosechas vinícolas- y sigue, con vehemencia creciente, aprovechando todas las ocasiones que se le presentan para loar las virtudes de la quinta. Hace muy pocos días, tropecé de nuevo con él, e intenté, por enésima vez, abrir sus ojos a la realidad. “Fíjate -le dije- Zapatero, ese hombre abatido cuya estrella vemos declinar estos días, aquí y en Europa, nació en 1960 y pocos se atreverían a decir de él que es el mejor”. “¡Vaya ejemplo que me pones!”, protestó. Pero sin prestar atención a su queja, proseguí: “Y sin embargo, el hombre que jamás se equivoca, el líder único e irrepetible que tras sentar sus reales en el sillón de Ajuria Enea nos ha traído a los vascos al Oasis de concordia que ahora disfrutamos, no es de 1960, sino de 1959. Ya ves -concluí- que no todo lo mejor es del sesenta”.

En ese momento, mi antiguo condiscípulo esbozó una mirada píca y me espetó: “Me estás tomando el pelo, ¿verdad?”.

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El triunfo electoral recientemente cosechado en Bélgica por el independentista flamenco Bart de Wever está dando mucho que hablar en los mentideros políticos. Como se sabe, Bart de Wever encabezaba la lista con la que concurrió a las elecciones generales del pasado mes de junio la Nueva Alianza Flamenca; una formación política que viene a sustituir al disuelto partido Volksunie y que, al igual que  este, profesa un ideario netamente independentista. Los resultado obtenidos en los comicios -el 30% de los sufragios emitidos en Flandes y el 17,4% de los emitidos en el conjunto del Estado- le encumbran a la posición de primera fuerza y sitúan a su líder en la tesitura de tomar la iniciativa de cara a la formación de Gobierno. Y, obviamente, todos los analistas están a la expectativa. ¿Qué tipo de medidas puede adoptar al frente del Gobierno de Bélgica el principal dirigente de un partido independentista flamenco?

Bart de Wever ha querido tranquilizar a los más timoratos -y a los valones, todo hay que decirlo- asegurando que no busca “una revolución”, sino una “suave evolución”. Pero una frase tan ambigua apenas sirve para aquietar un ápice los espíritus más pusilánimes, que siguen aterrados. Porque está bien eso de no promover la “revolución”, pero… ¿hacia dónde conduce la “suave evolución” que se anuncia?  ¿En qué sentido se orientará? ¿Sucederá por fin -se preguntan muchos- la disolución del Estado de Bélgica que tantas veces de ha vaticinado?

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