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Archive for 5/01/10

Desde que  en las lejanas postrimerías del siglo XV, Fernando de Aragon e Isabel de Castilla unificaran sus respectivos reinos bajo la sagrada égida del catolicismo, la política y la religión han corrido en las tierras de España unidas por un fuerte e indeleble cordón umbilical. La monarquía católica se convirtió en el más firme baluarte de la fe apostólica y romana en este valle de lágrimas y el catolicismo institucional encontró el firme apoyo de un musculoso brazo secular para defender, espada en mano, sus santos intereses terrenales.

Dos cardenales españoles juran la bandera de España en un acto castrense. Pero no son nacionalistas españoles. Sólo son arzobispos. ¿Alguien se imagina una fotografía semejante con los prelados vascos jurando la ikurriña?

Esta estrecha identificación entre la corona y el catolicismo trajo, como es sabido, importantes y trágicas consecuencias para los súbditos de la primera. Como el régimen político resultante de la unificación territorial se erigió sobre la identidad católica, la monarquía gobernante hubo de prescindir de todos los que se resistían a esa forzada identificación religiosa. Es así como se expulsó de la península a los judíos, primero y, décadas más adelante, a los moriscos. Los que consiguieron quedarse en las tierras de sus padres, voluntaria o forzosamente bautizados, fueron socialmente estigmatizados y tratados con severa prevención, como conversos, o como marranos. Pero la militancia católica de la monarquía hispánica produjo efectos, también, más allá de sus fronteras. La conquista de América fue acompañada de un colosal esfuerzo evangelizador, que perseguía el doble objeto de asimilar, forzosamente, los territorios descubiertos e imponer a sus habitantes, con los medios coercitivos que en cada caso resultasen necesarios -en fin, creo que ya se me entiende-, la fe católica, que se tenía como el santo y seña de la monarquía imperial.

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