«Zorionak Estatuto», reza un cartel publicitario que estos últimos días he leído en las marquesinas de los autobuses urbanos. «Zorionak Estatuto».
Dicen los etimólogos que la voz vasca Zorionak -compuesta de las palabras txori, que significa pájaro y onak que equivale a buenos- fue acuñada en una época en la que los vascos creían que el vuelo de los pájaros permitía hacer augurios sobre el signo, positivo o negativo, que había de revestir el futuro próximo. Cuando se imponían los pájaros buenos –txorionak– había motivos para felicitarse, porque fortuna sonreía y había razones para pensar que las cosas iban a salir bien. La voz txoritxarrak, por el contrario, que aludía a los pájaros malos -en euskera txarra significa malo- era vaticinio de infortunios, adversidades y desgracias.

Con paso del tiempo, estas dos expresiones –zorionak y zoritxarak– han quedado liberadas del contexto creencial y supersticioso en el que nacieron y son utilizadas -en un plano ya completamente secular- para desear felicidad o constatar la desgracia.




En la etapa inicial de este blog, contamos con la presencia más o menos asidua de una visitante que acostumbraba a escribir todas sus referencias al nacionalismo vasco -que eran muchas, y muy críticas- con la grafía que habitualmente reservamos para el partido político y el régimen que gobernó en Alemania entre 1933 y 1945: Nazionalismo. No era un caso aislado. Desde que, en su época más gloriosa, Aznar abriera la veda para la crítica y la más feroz deslegitimación del nacionalismo vasco, una nutrida pléyade de plumas mercenarias, bien retribuidas bajo el generoso paraguas del Estado, se han dedicado a poner en el mercado todo tipo de publicaciones orientadas a demostrar «científicamente», las afinidades y concomitancias existentes entre el PNV y los movimientos nacionalistas más totalitarios y antidemocráticos que ha conocido la histora. No es infrecuente, en este sentido, encontrarse con souffles bien aderezados a partir de materias primas tan pobres como cuatro frases bien seleccionadas y convenientemente recortadas de Sabino Arana y una hábil manipulación del lauburu, para hacerlo emparentar con la cruz gamada.
En esta segunda entrega reproduzco un artículo que Lluch publicó en los diarios vascos del grupo Vocento el 19 de octubre de 1995. Leído casi tres lustros después, produce, inevitablemente, impresiones distintas a las que suscitó en el momento en el que fue publicado. En 1995, Aznar no había accedido todavía al poder. Y se encontraba más lejos aún de gobernar con la mayoría absoluta que las urnas le dieron en las elecciones generales del año 2000. Entonces, pocos entendían la idea de que, en Euskadi, un balance histórico del último siglo y medio arroje una nómina de nacionalistas españoles más extensa e intensa que la que nutre las filas del nacionalismo vasco. Entonces, todavía, la ingenua opinión pública asumía a pies juntillas el simplista y falaz esquema de que el nacionalismo es, por definición, exclusivamente vasco. Ahora, tras el paso de Aznar por el Gobierno español, que despertó en Euskadi entusiásticos fervores españolistas, sabemos que, haciendo abstracción del reducido colectivo de auténticos no-nacionalistas, entre los vascos hay nacionalistas vascos y nacionalistas españoles. Y es que, cuando un vasco se siente español…, hay que reconocer que lo hace de verdad. Con auténtica pasión. Con un fervor incontenible. Y lo que es peor, con una violenta pulsión impositiva. Con el obsesivo empeño de imponer su sentimiento a todos sus conciudadanos, les guste o no les guste.
Al hilo de las entradas sobre Pedro Eguillor que la semana pasada introduje en el blog, algunos amigos se han interesado por los trabajos de Ernest Lluch que cito en el primero de ellos. Esos que tan poco gustaron a Jon Juaristi y que, al parecer, siguen provocando su santa irritación.
