Desde que en las lejanas postrimerías del siglo XV, Fernando de Aragon e Isabel de Castilla unificaran sus respectivos reinos bajo la sagrada égida del catolicismo, la política y la religión han corrido en las tierras de España unidas por un fuerte e indeleble cordón umbilical. La monarquía católica se convirtió en el más firme baluarte de la fe apostólica y romana en este valle de lágrimas y el catolicismo institucional encontró el firme apoyo de un musculoso brazo secular para defender, espada en mano, sus santos intereses terrenales.
Esta estrecha identificación entre la corona y el catolicismo trajo, como es sabido, importantes y trágicas consecuencias para los súbditos de la primera. Como el régimen político resultante de la unificación territorial se erigió sobre la identidad católica, la monarquía gobernante hubo de prescindir de todos los que se resistían a esa forzada identificación religiosa. Es así como se expulsó de la península a los judíos, primero y, décadas más adelante, a los moriscos. Los que consiguieron quedarse en las tierras de sus padres, voluntaria o forzosamente bautizados, fueron socialmente estigmatizados y tratados con severa prevención, como conversos, o como marranos. Pero la militancia católica de la monarquía hispánica produjo efectos, también, más allá de sus fronteras. La conquista de América fue acompañada de un colosal esfuerzo evangelizador, que perseguía el doble objeto de asimilar, forzosamente, los territorios descubiertos e imponer a sus habitantes, con los medios coercitivos que en cada caso resultasen necesarios -en fin, creo que ya se me entiende-, la fe católica, que se tenía como el santo y seña de la monarquía imperial.









El pasado lunes, día de los difuntos, el ministro francés de Inmigración inauguró un «gran debate sobre la identidad nacional» que, durante los próximos meses –los trabajos culminarán el 31 de enero de 2010- movilizará a los ciudadanos, los partidos políticos, los sindicatos, las patronales, los centros docentes y las asociaciones cívicas de toda la República, para debatir sobre lo que significa “ser francés” y evaluar lo que la inmigración aporta a la identidad nacional francesa. El titular de la cartera, Eric Besson, anunció que próximamente remitirá a las autoridades locales –prefectos y subprefectos- las líneas de trabajo que servirán de eje para la articulación de este magno debate social. Quienes no puedan participar personalmente en el debate, podrán aportar sus reflexiones en una página expresamente abierta en Internet para la ocasión.