El martes de esta semana, la radio y la televisión destacaban, en primera plana, la celebración de un acuerdo entre el PSOE y CiU, que forzaba al Gobierno a abandonar la resistencia que hasta ese momento había ofrecido a acometer una profunda reforma del mercado laboral. La prensa escrita apenas daba cuenta de él porque, según se dijo, se trataba de un pacto suscrito a última hora del lunes y, a las redacciones de los periódicos, les faltó el tiempo necesario para incluirlo en sus ediciones.

El momento en el que entregué a Zapatero el listado de proyectos que todavía, meses después, sigue olvidado en algún rincón de La Moncloa





Hoy ha caído en mis manos un folleto que los socialistas vascos difundieron en los albores de los ochenta, con motivo de la aprobación de la Ley Orgánica para la Armonización del Proceso Autonómico, más conocida como LOAPA.
Mayor Oreja -supongo que saben a quien me refiero- se enorgullece de que uno de sus bisabuelos maternos quebrase de modo irreversible la transmisión intergeneracional del euskera. «Mi bisabuelo -ha confesado recientemente en Barcelona- se esforzó para que sus hijos no se encerrasen en el granero. Prohibió que hablaran vasco en casa para que aprendieran bien el español». Y así logró -siempre según el relato de Mayor- que sus hijos dominasen «con naturalidad el vasco y el español».
Desde que el pasado jueves, el socialista López prometiese el cargo en Gernika, con el aplauso incondicional de la Brunete y el amparo insustituible del presidente Revilla, me invaden sensaciones nuevas que nunca antes había percibido.