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Posts Tagged ‘La España eterna’

Siempre me ha fascinado la capacidad que históricamente ha acreditado y aún acredita el nacionalismo español para acuñar expresiones y formular reflexiones que sirvan para denostar con firmeza “el nacionalismo” -así, genéricamente expresado: “el nacionalismo”- sin que la agresividad de la descalificación le provoque a él la más mínima rozadura. Cada vez que escucho a alguien criticar airadamente “el nacionalismo”, y hacerlo, además, en nombre de esa Gran Nación española que, para más inri, reivindica de inmediato como única, incuestionable, indisoluble, indivisible y algún otro epíteto esencialista, siento unas irrefrenables ganas de descubrirme y dedicar un sonoro aplauso al autor de tan elaborada y magistral muestra de cinismo.

López departe amigablemente con el nuevo presidente de la Comunidad de Madrid. Está claro que Ignacio González no sitúa a López entre las “amenazas territoriales”

El nacionalista español es, por definición, asimétrico. Condena “el nacionalismo” y le hace responsable de la gran mayoría de los estragos que han afligido a la humanidad a lo largo de los siglos, porque considera que él -o ella- no es nacionalista y, en consecuencia, no encaja en el concepto previamente denigrado. Es más, con el fin de evitar equívocos, se hace llamar no-nacionalista, por mucho que sus planteamientos políticos respondan milimétricamente a los de un nacionalista exacerbado.  Pero como los especialistas de la propaganda y de la comunicación recomiendan no definirse a sí mismo negativamente -es decir, resaltando lo que no se es, por encima de lo que se es- resulta cada vez más frecuente encontrarse con nacionalistas españoles que gustan de definirse a sí mismos como patriotas; eso sí, tras una larga digresión orientada a sentar la diferencia existente entre ambas categorías, sobre la base de cargar lo negativo sobre el “nacionalismo” y anotar lo positivo en el activo del “patriotismo”.  Claro que, de poco servirá, a partir de ahí, argumentar que, etimológicamente, la voz “abertzale” -de aberri (patria) y zale (partidario)- significa “patriota”. Hasta ahí podíamos llegar.

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Ayer, el president de la Generalitat de Catalunya, Artur Mas, anunció su propósito de disolver anticipadamente el Parlament y convocar elecciones para el próximo 25 de noviembre. Lo hizo mediante un discurso auténticamente histórico en el que, además de hacer pública su intención de llamar a los ciudadanos a la urnas, llegó a hacer afirmaciones como la que sigue: “Este Parlament ha votado en más de una ocasión que Catalunya tiene derecho a la autodeterminación. Ha llegado la hora de ejercer ese derecho de manera democrática, pacífica y constructiva. No hace falta buscar enemigos externos, sólo es necesario fijarnos en nuestra fuerza interior como nación”. A lo que más tarde añadía: “Espero, deseo y confío en que estos objetivos se consigan en la próxima legislatura, mejor en una legislatura que en dos […] Encarar un proceso de autodeterminación requiere que el president que lo lidere tenga una fuerza especial que sólo le puede dar el pueblo en unas elecciones […] Si en las próximas semanas he de reclamar esta fuerza especial, no quiero que nadie pueda pensar que la pido a mayor gloria mía o a mayor conveniencia de CiU; prefiero que desde el primer momento las reglas de juego sean claras, limpias y transparentes”.

Aunque siempre habrá gente dispuesta a exigirle una precisión mayor, creo que nadie puede abrigar la más mínima duda sobre la intención que le anima. El president aspira a recabar el apoyo de los ciudadanos para poner en marcha un proceso de autodeterminación que conduzca a Catalunya a la independencia. Ni más ni menos. Y por si alguien tenía alguna dificultad para interpretarlo así, en el debate parlamentario de hoy ha sido un poco más explícito aún. Artur Mas hizo, desde la tribuna de oradores, un llamamiento claro e inequívoco a todos los partidos catalanes para que participen en el diseño conjunto de una hoja de ruta, cuyo último paso consistiría en la realización de una consulta popular a la que los ciudadanos de Catalunya serían convocados para decidir si quieren o no constituir “un Estado propio” dentro de la Unión Europea. Y remató la propuesta con la siguiente advertencia:

“Primero hay que intentarlo de acuerdo con las leyes, y si no se puede, hacerlo igualmente. La consulta debe producirse en cualquier caso. Si se puede hacer la vía del referéndum porque el Gobierno lo autoriza, mejor. Si no, debe hacerse igualmente”.

O sea que la consulta se celebrará con el permiso del Gobierno, o sin él.

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Son muchos los sedicentes no-nacionalistas que defienden una concepción esencialista de la nación -o, si se prefiere, Nación, con mayúsculas, que es como la Constitución de 1978 alude a la española- con la que se consideran identificados. Esa es la gran paradoja en la que incurre el sedicente no-nacionalismo en Euskadi. Y en Catalunya, claro. Que critican con fiereza los males intrínsecos al “nacionalismo”  -el “nacionalismo”, para ellos, sólo es el vasco y el catalán- desde presupuestos teóricos que se incardinan en el más rancio y sectario nacionalismo español. Esta inmensa paradoja, la ví reflejada, una vez más, en un artículo recientemente publicado en el diario ABC por el vicesecretario general del PP, Esteban González. “España sin Cataluña -sostiene en él- no es España, ni siquiera el resto de lo que quede de España. España sin Cataluña sería sólo el residuo más grande de lo que España fue. Y Cataluña independiente, por su lado, no dejaría de ser una porción de la antigua España. Por eso, insisto, no lo llaméis independencia de Cataluña cuando lo que se discute es la disolución de España […] Españoles y catalanes somos lo mismo, misma piel, misma carne, mismo espíritu. Quizá sólo debamos hablar más un idioma común, aunque sea en dos lenguas.”

El artículo está redactado sin aristas; sin estridencias; sin agresivas beligerancias. Está tejido con pasajes rebosantes de cercanía, cariño y afecto. Es, todo él, un efusivo abrazo. Aunque cuando uno concluye su lectura se da cuenta de que se trata, en realidad, del abrazo del oso. El único tipo de abrazo en el que se puede plasmar una concepción tan esencialista de la nación que habla apodícticamente de lo que ésta “es”  y de lo que “no es”, de lo que “sería” y de lo que “no dejaría de ser”, al margen de lo que sus ciudadanos puedan opinar al respecto.

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En más de una ocasión me he referido en este blog a las notables peculiaridades que reviste el sediciente no-nacionalismo que opera entre nosotros. En Euskadi, contra lo que a primera vista pudiera parecer, un no-nacionalista no es alguien que se siente ciudadano del mundo y abomina de todo lo que tenga que ver con la organización territorial del planeta en comunidades políticas conocidas como naciones. No es, como decía Ernesto Sábato un “ateo de las naciones”. Tampoco es un apátrida voluntario que ha renunciado a todas las nacionalidades a las que podía haberse acogido, para ser consecuente con la idea de una patria global que debe incluir a toda la humanidad. Y en fin, tampoco es un anarquista que no admite más entidad política que la del individuo y, por ende, desprecia de raíz todo proyecto de agregación humana articulada.

En Euskadi, un no-nacionalista es, por regla general, un acendrado nacionalista español, que vive con entusiasmo y hasta exaltación su pertenencia a la que considera la única Nación real de los vascos y lucha con denuedo por garantizar su continuidad histórica. Estos días lo hemos visto con claridad cuando, ante las quejas formuladas por Mayor Oreja -un no-nacionalista cuyos planteamientos políticos descansan sobre un presupuesto tan ardientemente nacionalista como el de que “España es una gran Nación”- contra las decisiones adoptadas por el Ministerio de Interior en relación con Josu Uribetxeberria, otro no-nacionalista como Basagoiti ha respondido que al PP le importan un “bledo” los presos de ETA y, en este momento, no tiene más preocupación que la de asegurar “que el País Vasco siga siendo España y que España siga siendo España”.

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Jacinto Miquelanera fue un escritor bilbaino de vocación periodística y vida viajera, que murió en los años sesenta, arrollado por el tren, en una estación del metro de París. Aunque en su juventud cultivó un cosmopolitismo liberal de fuerte sesgo antinacionalista vasco, acabó, como la gran mayoría de la inteligentsia bilbaina que frecuentaba las tertulias del Lion d´Or, seducido por la estética fascista de la Falange y aplaudiendo desaforadamente el régimen liberticida del general Franco. Durante la II República, mantuvo una estrecha relación personal con Primo de Rivera. Fue contertulio asiduo de “La Ballena Alegre” y comensal en las cenas de Carlomagno. También contribuyó a redacción la letra del “Cara al Sol”.

Aficionado al periodismo deportivo, dirigió, durante años, el diario Excelsior, que el grupo Euzkadi editaba en Bilbao, bajo la batuta del PNV. Su furibundo antinacionalismo vasco no le impidió, al parecer, dirigir una empresa informativa auspiciada y sostenida económicamente por gentes que obedecían a esa órbita ideológica. Después, cuando pasó a trabajar en el diario ABC, se despacharía a gusto con ellos, zahiriéndoles con sus mordaces ironías.

Durante los primeros años de la guerra civil, padeció los rigores propios de la vida de un refugiado en la sede una embajada iberoamericana en Madrid. Su experiencia la dejó escrita en dos relatos autobiográficos titulados Cómo fui ejecutado en Madrid (Ávila, 1937) y El otro mundo (Burgos, 1938).

Aunque su producción escrita fue muy desigual, Miquelarena escribía bien. Era un hombre leído y culto, muy inclinado al estilo irónico y humorístico. En el artículo que hoy reproduzco, que se publicó en el diario ABC de Sevilla hace ahora setenta y cinco años, hace gala de ambas cosas: de cultura y de sentido sarcástico. La guerra civil se encontraba en pleno fragor. Bilbao había caído en manos del Ejército franquista, y los rebeldes, amparados por la aviación alemana y el apoyo terrestre de los Flechas negras, avanzaba inexorablemente en dirección a Asturias. Y Miquelarena, liberado ya de su forzado encierro en Madrid, vuelca su pluma en legitimar la causa de los sublevados y avalar su glorioso avance  a lo largo de la costa vasca.

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Durante este tórrido mes de julio que ya se aproxima a su fin, he detectado cierta inquietud en los pasillos del Congreso de los diputados por la “preocupante insensibilidad” con la que los electos que ocupamos escaño en la cámara baja, hemos dejado pasar, sin festejarla adecuadamente, una fecha tan reseñable para la historia de España como la del octavo centenario de la batalla de las Navas de Tolosa, que se cumplió, si las crónicas dicen la verdad, el pasado lunes día 16. Acuciada, sin duda, por el medio para el que trabaja, una joven reportera me preguntó, por aquellos días, en el patio contiguo a la verja del Congreso, si me parecía normal que nadie, en la cámara, hubiese hecho elmás mínimo intento de evocar uno de los principales jalones históricos que han contribuido a conformar “la España constitucional del siglo XXI”. Y quiero suponer que, como a mí, la pregunta -estrambótica donde las haya- les fue formulada, también, a los demás portavoces de la cámara.

Ese mismo día -lo descubrí cuando llegué a mi despecho- un diputado del PP publicaba en la prensa escrita un artículo de opinión que, gráficamente, titulaba: “1212 + 1812 + 1912 = 2012“. Los sumandos reflejaban fechas que, en su opinión, conformaban hitos decisivos en la historia española. Y el primero de ellos -1212- evocaba, más concretamente, la batalla de las Navas de Tolosa; la que ha sido desafortunadamente olvidada, según el imaginario nacionalista español más acendrado. El artículo, huelga decirlo, rezumaba un sobrecargado perfume patriótico. Patriótico-español, evidentemente. Su autor, comenzaba el escrito lamentando no haber podido participar en el homenaje que el Ayuntamiento de La Carolina “tributó a la batalla de las Navas de Tolosa, librada en aquel suelo ochocientos años atrás”. Y le daba contiuidad, expresando su pesadumbre por “la indiferencia con que, en general, se ha contemplado este octavo centenario”. A lo que nuestro patriótico diputado añadía que,

“Si fueramos ingleses o norteamericanos, como ha escrito Pérez Reverte, habríamos rodado, sin complejos ni miedos, una gran película épica sobre el tema. Sin embargo, hacemos lo contrario. Nos tapamos nuestra propia historia, como si nos diera vergüenza ser quienes somos. Como si lo de ser españoles fuera una característica que conviniera disimular. Hemos consentido que sea políticamente incorrecto hacer memoria de los héroes, los sacrificios y la ambición con que se forjó nuestra patria”

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Hoy, 30 de abril, se cumplen 75 años desde que las tropas de Franco, con los flechas negras de Mussolini a la cabeza, entraron en Bermeo con la firme determinación de embridar a sus habitantes en torno a los principios que inspiraron Alzamiento. Hace algún tiempo publiqué en este mismo foro una entrada bastante extensa en la que recordaba, con datos extraídos del archivo local y de la memoria personal de algunos de sus protagonistas, lo que representó la II República en la política local bermeana (ver “La II República y la ocupación franquista en el gobierno local de Bermeo“, 4.05.11). El relato concluía con una breve referencia a la entrada de las fuerzas rebeldes en el pueblo y al cambio -súbito y radical- que ello supuso en la composición y orientación política del gobierno municipal.

Alguien me acusó entonces de defender una visión maniquea de la II República y de la guerra civil, que distinguía entre nacionalistas buenos y españolistas malos. Huelga decir que la imputación carecía del más mínimo fundamento. Nunca he sostenido algo semejante. Ni he postulado que la guerra civil fuera, en Euskadi, un enfrentamiento bélico entre vascos y españoles, ni he defendido que constituyese una guerra imperialista de España contra el pueblo vasco. Las cosas, para bien o para mal, fueron bastante más complejas que eso.

Lo que me extrañó -es un decir- fue el esfuerzo que desarrollaron los críticos para hacer encuadrar mi trabajo en un esquema simplón, infundado y distorsionado hasta la caricatura; como si todos los nacionalistas vascos estuviéramos abocados a encajar en el tópico ridiculizante que algunos han diseñado para denostarnos con más facilidad. Y digo esto porque, en aquél post no pretendía ofrecer una interpretación general sobre lo que supuso aquella etapa histórica en el País Vasco. Mi pretensión era mucho más modesta. Y así lo expresé en el texto. Sólo aspiraba ofrecer, ordenados y sistematizados, un conjunto de datos históricos sobre Bermeo, que en absoluto pueden ser extrapolables al conjunto de Euskadi.

El batzoki de Bermeo cuando fue inaugurado, en 1934

Y lo cierto es que -guste o no guste, pero esa es ya otra cuestión-, en Bermeo, durante la etapa republicana, el juego político estuvo muy marcado por el enfrentamiento entre los nacionalistas vascos, por un lado y, por otro, las fuerzas políticas republicanas y de izquierdas que, por contraposición, podríamos agrupar bajo el título común de nacionalistas españoles. El eje político nacionalista vasco/nacionalista español, eclipsó casi por completo al eje derecha/izquierda, e incluso al eje monarquía/república. Y en la confrontación nacionalista, dicho sea de paso, el polo vasco adquirió un carácter claramente hegemónico, frente a la acotada minoría que representaba el contrario.

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