Sucedió en torno al mes de abril de 2001. En un vuelo de Iberia que enlazaba Madrid con Bilbao, coincidí con un puñado de consejeros y altos directivos del mundo de la empresa que regresaban a casa tras una fatigosa semana de trabajo en la Villa y Corte. Yo era un diputado novel, desconocido para el gran público. Podía pasar desapercibido sin esforzarme demasiado. Y ellos, ajenos a mi presencia, entablaron una conversación sobre la situación política, que pronto derivó hacia las elecciones que próximamente iban a celebrarse en Euskadi. Se trataba de aquellos comicios del 13 de mayo a los que, el candidato socialista, Nicolás Redondo Terreros, concurrió en régimen de subordinación perfecta a la triste pero fiera figura de Mayor Oreja.

Un empleado cuelga la bandera española en el Parlamento vasco, por orden judicial
La conversación se desarrolló sin cautelas ni tapujos. En voz alta, perfectamente audible por todos los que nos encontrábamos en el entorno. El que marcaba la pauta, una figura notable de los medios de comunicación, explicó a sus contertulios que, según le había informado Javier Arenas aquella misma mañana -recuérdese que Arenas era, a la sazón, el secretario general del PP- la estrategia compartida con los socialistas se proponía arrebatar el Gobierno vasco a los nacionalistas, privándoles, sobre todo, de las carteras de Educación, Cultura e Interior. Los oyentes asentían, con gestos elocuentes que expresaban su conformidad con aquel objetivo. Todos parecían coincidir, especialmente, en la conveniencia de recuperar el control sobre la educación. Y una vez sentada esa premisa inicial, sus comentarios dieron paso al tópico sin solución de continuidad. Ya se sabe: el fanatismo terrorista germina en el adoctrinamiento nacionalista que los niños vascos reciben en la edad escolar, etcétera.



El pasado lunes, día de los difuntos, el ministro francés de Inmigración inauguró un «gran debate sobre la identidad nacional» que, durante los próximos meses –los trabajos culminarán el 31 de enero de 2010- movilizará a los ciudadanos, los partidos políticos, los sindicatos, las patronales, los centros docentes y las asociaciones cívicas de toda la República, para debatir sobre lo que significa “ser francés” y evaluar lo que la inmigración aporta a la identidad nacional francesa. El titular de la cartera, Eric Besson, anunció que próximamente remitirá a las autoridades locales –prefectos y subprefectos- las líneas de trabajo que servirán de eje para la articulación de este magno debate social. Quienes no puedan participar personalmente en el debate, podrán aportar sus reflexiones en una página expresamente abierta en Internet para la ocasión.


ETXERA joateko baimena eman zidaten kuartelean, legez zegokidan hilabeteko permisoarekin. Hilabete osoak gauza asko egiteko aukera ematen du, beste zereginik ez dagoenean. Eta soldaduzka egiten dagoenak, ez dauka, normalean, beste zereginik egutegiari aurrera zelan egiten duen arreta handiz begiratzea baino.
No voy a ocultarlo. Las noticias que ayer nos llegaron a través de los medios de comunicación -me refiero a las que dan cuenta de las últimas operaciones anticorrupción llevadas a cabo en Catalunya- me preocupan. No porque abrigue el más mínimo temor a que la trama pueda salpicarme. En absoluto. Me preocupan porque transmiten una imagen deplorable de la política y de quienes nos dedicamos a ella. Una imagen que, sin embargo, creo que ni se corresponde con la realidad ni hace justicia a la mayoría de la clase política; suponiendo -que ya es suponer- que la clase política esté constituída por un colectivo homogéneo y de contornos claros e inequívocos.