Mayor Oreja -supongo que saben a quien me refiero- se enorgullece de que uno de sus bisabuelos maternos quebrase de modo irreversible la transmisión intergeneracional del euskera. «Mi bisabuelo -ha confesado recientemente en Barcelona- se esforzó para que sus hijos no se encerrasen en el granero. Prohibió que hablaran vasco en casa para que aprendieran bien el español». Y así logró -siempre según el relato de Mayor- que sus hijos dominasen «con naturalidad el vasco y el español».
Sobre semejantes cimientos -la identificación del euskera con la metáfora rústica del granero del caserío es de una extraordinaira elocuencia- parece evidente que, a partir de aquel lmomento, el euskera de los Oreja tenía los días contados. Y la siguiente generación, claro está, lo perdió definitivamente. Cuando la cadena sucesoria llegó a la altura Mayor Oreja, la lengua vasca no era ya más que un leve recuerdo familiar. El nivel de euskera del ex ministro de Interior es semejante al dominio que yo tengo del húngaro.
Desde que el pasado jueves, el socialista López prometiese el cargo en Gernika, con el aplauso incondicional de la Brunete y el amparo insustituible del presidente Revilla, me invaden sensaciones nuevas que nunca antes había percibido.![DSC_0084[1] DSC_0084[1]](https://josuerkoreka.com/wp-content/uploads/2009/05/dsc_00841.jpg?w=500)
Hace cuatro años, López confió seriamente en la posibilidad de que el PP de María San Gil le aupase gratuitamente a la presidencia de la Comunidad Autónoma vasca. Pensó, de verdad, que la complicidad de fondo que sus respectivas formaciones mantenían en Euskadi, imponía a los populares el deber patriótico-moral de apoyarle en la investidura sin exigir nada a cambio. Ese apoyo era -sostenían sus compañeros de partido- la correspondencia natural que cabía exigir a los populares, por el esfuerzo generoso que Nicolás Redondo había hecho en 2001 en favor de Mayor Oreja. En Euskadi -sugerían- los partidos constitucionalistas estaban abocados a apoyarse mutuamente, secundando, en cada momento, al que ocupase una posición prevalente. Antes, el protagonismo había correspondido al PP. Ahora, era el turno de los socialistas.
Ayer me preguntaron si tenía previsto asistir a la toma de posesión de López como presidente de la Comunidad Autónoma vasca. Los periodistas están en todo. Si respondo que sí, concluirán que en los sectores más abiertos del PNV empieza ya a disiparse el berrinche. Es decir, el PNV sigue dividido entre los pragmáticos y los intrasigentes. Si contesto que no, postularán que cada vez estamos más intratables y que, de continuar así, acabaremos compuestos y sin pareja. En cualquier caso, malo para el PNV.
La prensa de hoy es toda una orgía de júbilo y satisfacción. El alborozo se percibe en los titulares de manera casi unánime. Y el regocijo de los editoriales es tan incontenible como generalizado.
Cuentan las crónicas que, cuando las conversaciones de Loiola tocaban a su fin, Egiguren expresó su decepción a Otegi con una frase que expresaba descarnadamente la principal inquietud que le asaltaba en aquel momento: «Si esto fracasa, vosotros iréis a la cárcel, nosotros seguiremos con los escoltas y, mientras tanto, los del PNV seguirán en el Gobierno».
Esta semana se ha muerto Javier Ortiz. Lo supe el martes por la mañana, merced a la llamada telefónica que Iñaki Anasagasti me hizo para comunicármelo. La noticia nos ha sorprendido a ambos, porque ignorábamos que llevaba un mes hospitalizado. Y como ha estado escribiendo hasta el final el artículo diario que firmaba en El Público, nadie, a excepción de los más allegados, ha tenido conocimiento de su enfermedad, que la ha llevado con gran discreción.
En su interesante obra sobre El arte de mirar, el cineasta alemán Win Weders destaca la extraordinaria relevancia política que encierra la decisión sobre el sentido en el que se va a orientar la mirada de la gente. «La decisión más política que tomas -sostiene- es hacia dónde vas a dirigir los ojos de la gente […] lo que muestras a la gente, una día sí y otro también, es político».