En un viaje que recientemente cursé a San Petersburgo -una ciudad deslumbrante como pocas- me llamó señaladamente la atención, un comentario, aparentemente frívolo e irrelevante, que la persona que guiaba la visita nos hizo al cruzar el puente Aníchkov; una de los numerosas pasarelas que atraviesan los centenares de canales que se abren en la parte vieja de la ciudad.

Una de las figuras que adornan el puente Aníchkov
En cada uno de los cuatro extremos del puente, se erige una escultura de bronce que representa a un hombre intentando reducir a un caballo. Son cuatro figuras soberbias, que fueron magníficamente trabajadas a mediados del siglo XIX por un escultor de origen francés, pero afincado en Rusia desde su más tierna infancia, que respondía al nombre de Piotr Clodt. La disposición del hombre y del equino es distinta en cada una de ellas, pero todas cuatro responden al designio común de simbolizar, mediante la alegoría de la «doma del caballo», la superioridad del ser humano sobre las fuerzas brutas de la naturaleza; una supremacía que se expresa en la capacidad de someterlas a su control y dominarlas.
El siete es un número mágico. Son muchas, a lo largo y ancho del mundo, las tradiciones populares que atribuyen a este número un significado de gran fuerza simbólica; un sentido asimilable al de la plenitud. Según estas tradiciones, insertas en los más diversos entornos culturales, decir siete equivalía a decir todo. Los días de la semana son siete. Como las virtudes capitales, las vidas que se atribuyen a los gatos y los sacramentos. La Roma imperial, fue conocida como la ciudad de las siete colinas. Las maravillas del mundo antiguo eran también siete. Al igual que las ventanas del Palacio de Ursua, en Nafarroa, y el precio imaginario -«zazpi errotaberri zazpira jauregi zuri», expresión equivalente a «todo el oro del mundo»- que Juana de Ursua estaba dispuesta a rechazar con tal de no regresar a la noble residencia del Viejo Reino. Y, en fin, hasta los libros de la saga de Harry Potter son siete.
Antes de abordar el estudio de las sentencias dictadas por el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos en torno a la ilegalización de partidos políticos -y, en concreto, de la emitida en relación con la ilegalización de Batasuna- creo necesario identificar los ámbitos en los que, a mi juicio, la Ley de Partidos Políticos sigue siendo susceptible de reproches desde un punto de vista democrático. Lo siento, Donatien, pero tendrás que esperar un día más para llegar al último episodio de la serie.
El grueso del debate público que suscitó la reforma de la Ley de Partidos Políticos, se situó en el terreno de los principios. Se discutió -como se discute en todas las democracias occidentales y en todos los foros académicos que versan sobre el significado del pluralismo político y su expresión partidista- si la democracia tiene derecho a defenderse de sus enemigos, ilegalizando, preventivamente, a los partidos políticos intrínsecamente programados para destruirla o si, por el contrario, el mero hecho de ilegalizar un partido político sitúa a un régimen de libertades a las puertas de su propia destrucción. O, expresado en otros términos, si la ilegalización de partidos políticos destruye a la democracia que la practica o le protege del riesgo de destrucción.




A continuación, reproduzco el Informe que elaboré a finales de 2007 con la intención de registrar todas las gestiones que los diputados y senadores del PNV hicimos en Madrid con el propósito de aprovechar la reforma de la Ley Orgánica del Tribunal Contitucional para blindar el Concierto Económico en los términos en los que vienen reclamándolo el Parlamento vasco y las Juntas Generales de los tres Territorios Históricos.