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Posts Tagged ‘Izquierda autodenominada abertzale’

Hace ya bastantes años -ocurrió en la primera mitad de los noventa- unos jóvenes de EGI me invitaron a participar en unas jornadas de estudio y formación que iban a celebrar en el caserío Itsaspe de Orio. El programa contemplaba la intervención de mucha gente, académicos y políticos en activo. A mí me pidieron que les hablara de los derechos históricos de los territorios forales, prestando especial atención a su actual formulación jurídica. «Como si fuera una clase de la Universidad», precisaron. Todavía conservo los materiales que reuní para aquél encuentro: el programa, los documentos anejos y las sentencias del Tribunal Constitucional que -ya entonces-  iban definiendo, pleito a pleito, los perfiles jurídicos de los derechos históricos.

Poco tiempo después, participé en un seminario organizado en Espejo por la sección alavesa de EGI. Eran los tiempos en los que Unidad Alavesa cuestionaba tan descarnada como indocumentadamente el sustrato euskaldun de este territorio. Mi disertación versó sobre ese tema. Y aporté documentos, evidencias toponímicas y referencias bibliográficas que desmentían radicalmente la tesis que por entonces defendían las huestes de Pablo Mosquera.

Más recientemente -esto sucedió ya en el siglo XXI- recibí una nueva invitación para colaborar en la formación de las juventudes del partido en el que milito. Esta vez, diserté durante un par de horas sobre el derecho de autodeterminación: su origen, su fundamento jurídico, sus interpretaciones, su evolución y su aplicación práctica. Era lo que en ese momento les interesaba. 

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No resulta posible predecir con un mínimo de precisión el grado de participación que los electos de Amaiur tendrán en las cámaras legislativas del Estado español durante los próximos cuatro años. Y no resulta posible hacerlo porque, antes, durante y después de la campaña electoral, desde sus filas se han hecho declaraciones públicas muy diferentes sobre el particular. Diferentes y, en ocasiones, hasta contradictorias. Han dicho que asistirán puntualmente a las sesiones parlamentarias y han dicho, también, que tendrán en las Cortes una presencia permanente. Han dicho que se implicarán sin reparos ni complejos en el grueso de los debates que se planteen en Madrid y han dicho, también, que sólo participarán en las cuestiones que conciernan a Euskal Herria. Han dicho de todo, dependiendo, en parte, de la persona que hablaba en cada momento -no todos asumen, de la misma manera, la [nueva] estrategia de participar en unas instituciones españolas que hasta ayer mismo se despreciaban- y, en parte, también, del partido al que pertenece. Porque en esto -como en otras muchas cosas- no es igual un portavoz de EA, que siempre ha ocupado escaños en Madrid y no abandonó las Cortes hasta que las urnas le arrebataron, en marzo de 2008, el último que le quedaba, que un militante de la izquierda abertzale que se ha pasado años tachando de colaboracionistas y claudicantes a los nacionalistas vascos -incluidos los de EA- que concurríamos a las elecciones generales y participábamos con normalidad en los trabajos parlamentarios del Congreso y el Senado.

Diputados de la Minoría vasca en las Cortes de la II República, ante el féretro de su compañero Ramon de Bikuña, fallecido en 1935

No se cuál es el criterio que finalmente se impondrá. Pronto lo veremos. Pero si acaba prevaleciendo el de no participar más que en los asuntos que afectan a Euskal Herria, me parece interesante recordar que no se trataría de un planteamiento inédito y sin precedentes. Durante años -antes, por supuesto, de la presente etapa democrática- los diputados y senadores del PNV se condujeron con arreglo a un planteamiento similar. Participaban en las elecciones generales y ocupaban escaño en las Cortes, pero tenían orden de no implicarse en los trabajos parlamentarios más de lo que fuera estrictamente indispensable para la defensa de los intereses vascos y, más concretamente, de su autogobierno. Podríamos remontarnos más atrás, pero creo que la experiencia de la II República resulta clarificadora y suficiente para ilustrar esta cuestión.

En efecto, entre los años 1931 y 1936, el PNV tuvo diputados propios en las Cortes republicanas. Seis en las constituyentes -a los comicios de 1931 concurrió en coalición con tradicionalistas e independientes católicos-, doce durante el bienio negro y nueve en la legislatura del Frente Popular. Sin embargo, basta repasar los diarios de sesiones del periodo para darse cuenta de que -salvo en el caso de Irujo y alguno más- su participación en los trabajos parlamentarios de la cámara no fue particularmente intensa. Si como muestra sirve un botón, valga el testimonio de Telesforo de Monzón, cuando reconocía a Iñaki Anasagasti en 1973 que “no hablé mucho aquellos años en el Congreso” [Llámame Telesforo, pág. 39]

Esa menguada participación a la que alude Monzón -que se puede contrastar sin dificultad en los registros oficiales- no era fruto de la indiferencia o de la pereza. Era expresión de la consigna que los diputados nacionalistas recibieron de su partido para no implicarse en la labor parlamentaria más que en la medida en que fuera estrictamente necesario para defender Euskadi y trabajar por el Estatuto. Para un nacionalista vasco -decían-  no era lícito involucrarse más.

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Paseando, este largo fin de semana, por un conocido parque de Bilbao, tropecé con una farola en cuya base luce una pintada que resaltaba el símbolo de ETA -el hacha y la serpiente- junto al lema «Bietan Jarrai», que constituye, como se sabe, una invitación entusiástica a persistir tanto en los objetivos políticos como en la estrategia violenta. Se trata de una pintada nueva; reciente. Incluso me atrevería a decir que muy reciente. Hace un mes, desde luego, no estaba ahí. 

Por lo que se ve, alguien sintió la necesidad de hacerla días -o semanas- después de que se diese a conocer el cese definitivo de la actividad armada de ETA. Alguien que, al parecer, no está de acuerdo con esa decisión y se sentiría más a gusto si la organización terrorista mantuviese activa toda su potencialidad amenazante, coactiva y violenta. No es el único caso. No hace aún demasiado tiempo -en cualquier caso, fue, también, después de la declaración de cese definitivo- las paredes de Lekeitio amanecieron con unas pintadas en las que se ensalzaba a ETA, en su pasado, en su presente y en su futuro: «Lehen, orain eta beti».  Y estoy seguro de que la relación de casos se podría ampliar sin demasiado esfuerzo.

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Esta mañana he estado en Portugalete, respondiendo a las preguntas que me formulaban los periodistas de una televisión turca que está elaborando un reportaje sobre Euskadi. También he aprovechado la estancia en la villa jarrillera para visitar una oficina electoral que el PNV ha abierto en el centro del pueblo y animar a los militantes y simpatizantes jeltzales de cara a la campaña electoral. No habíamos abandonado aún el barrio Repelega -los recorridos de campaña, en Portugalete, siempre se llevan a cabo desde arriba hacia abajo- cuando me ha llamado la atención un cartel pegado a la pared que no conocía. Como he advertido, desde la distancia, que exhibía algunos símbolos habituales de la izquierda abertzale -la estrella roja y el puño cerrado- me he acercado para verlo más de cerca.

En un primero momento me ha dado la sensación de que se trataba de un cartel olvidado de la época -cada vez más lejana- en la que una aguerrida y consecuente izquierda abertzale postulaba la confrontación abierta contra el Estado español y pedía a sus seguidores que se abstuviesen en las elecciones generales, a fin de no legitimar la represión y dejar claro que el pueblo vasco apuesta por la independencia y no quiere saber nada con las instituciones de la España imperial. Pero enseguida me he dado cuenta de que no es así. El cartel, en efecto, preconiza la abstención y afirma que «El Pueblo Trabajador Vasco no se rinde». Pero el mensaje que incluye en su cabecera es muestra inequívoca de que no se trata de una reliquia histórica, sino de un cartel que acaba de pasar por la imprenta. No es un cartel del año 2000, 2004 ó 2008, como los que he reproducido en otras entradas de este blog para expresar mi sorpresa por el radical cambio de actitud que ha tenido lugar en la izquierda abertzale con respecto a su participación en unos comicios españoles (ver, por ejemplo, «¡Españoles, a votar el 20-N!«, publicado el 1.10.11 y «¿Por qué ahora sí?», que vio la luz el 13.13.11) . Es reciente y no hay duda alguna de que está diseñado para las próximas elecciones generales; para las que tendrán lugar a finales de este mes. Su mensaje principal dice: «El 20-N no contéis conmigo». No habla, como se ve, de los comicios del 12 de marzo (año 2000), del 14 de marzo (2004) o del 9 de marzo (2008). Alude a los del 20 de noviembre. A los que convocó Zapatero el 26 de septiembre de este año.

El cartel, adornado con la simbología habitual de la izquierda abertzale, predica la abstención, pero para las elecciones generales que van a tener lugar en este mismo mes. Para las mismas elecciones en las que la cartelería oficial de Amaiur nos pide que olvidemos su pasado abstencionista y nos invita a participar con el máximo entusiasmo, como si fuéramos exacerbados patriotas españoles, sumamente interesados en el devenir político de la nación -perdón, Nación- única e indivisible que se consagra en la Constitución de 1978.

Hace unas semanas publiqué un post en el que expresaba mi extrañeza por el hecho de que una cuestión -la de la participación en las elecciones generales del Estado español- que siempre ha sido objeto de debate y controversia en el entorno de la izquierda abertzale, se haya resuelto en este caso tan sencilla como apaciblemente, sin discrepancias y ni disidencias (Cfr. «¿Se trata de utilizar los foros burgueses para la propaganda revolucionaria?», publicado el 17 de agosto de este año). Ya entonces, algún comentario hacía referencia a la existencia real de un debate interno que no por mantenerse soterrado es menos real. Lo leí con escepticismo, lo admito. Nunca he creído demasiado en la efectividad del derecho a discrepar en el seno de organizaciones tan jerarquizadas, opacas y monolíticas como las que existen en ese ámbito. Pero hoy compruebo que me equivocaba. Se ve que, en el seno de la izquierda abertzale, todavía quedan algunos resquicios de coherencia; gentes que se resisten a dejarse engañar y a hacer lo contrario de lo que han propugnado con severa vehemencia durante los últimos lustros. No se han batido el cobre contra la legitimidad institucional española para que ahora vengan dos señoritos pretenciosos y les fuercen a comerse sus actitudes y sus discursos contrarios a la legitimación de la «institucionalidad pesudodemocrática española».

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Hace unos días tuve ocasión de entrevistarme con el agregado comercial de una importante embajada en Madrid. Estaba interesado, según me dijo, en contrastar pareceres conmigo a propósito de lo que se oculta tras la sigla «Sortu, Bildu, Amaiur o como quiera que se llame». Textual. Esas fueron sus palabras. El país al que representa tiene, al parecer, algunos intereses económicos en Gipuzkoa. Y quería reunir información fidedigna sobre lo que esos intereses -y los de otros potenciales inversores de la misma nacionalidad- pueden esperar de un gobierno foral como el presidido por Martín Garitano. Me pidió que le hiciera de puente con algún empresario local. Lo hice. Y me consta que han hablado. Su encuentro, si no recuerdo mal, tuvo lugar pocos días después de que el presidente de la patronal gipuzkoana alertase públicamente sobre el daño que una hipotética desarmonización fiscal podría provocar en la economía del territorio. Obviamente, nada  puedo decir sobre el fondo de la conversación que mantuvieron, aunque cabe sospechar que hablaron, entre otras, cosas, de la posible desarmonización fiscal que la irrupción de Bildu en la hacienda foral gipuzkoana puede provocar en el territorio vasco. De lo que sí puedo dar cuenta es del tenor de la entrevista que el responsable económico de la embajada entabló conmigo.

Mi interlocutor quería saber si quienes gobiernan el 90% de las instituciones gipuzkoanas son inofensivos socialdemócratas que han inflado su discurso de manera coyuntural o, por el contrario, se trata de comunistas ortodoxos firmemente dispuestos a echar el resto en la implementación de la política económica -más impuestos y más déficit- que la izquierda irredenta de Europa viene preconizando durante los últimos años. «No es un bloque homogéneo», le respondí. «Sus componente no responden a un patrón único, ni en lo ideológico, ni en el ámbito de la política económica «. Y a renglón seguido recordé aquella clarificadora entrevista en la que Ricardo Barainka, diputado foral en Bizkaia y candidato por EA a diputado general de este territorio, declaró a El Correo (15.05.07) con respecto a la identidad ideológica de su partido que “somos socialdemócratas, pero la gente no nos cree”. Tenía razón. Nadie se lo creía. Ni por sus orígenes, ni por sus trayectorias, ni por sus actitudes pasadas y presentes, ni por sus ambiciones, ni tan siquiera por el cuidado look que exhibían, aparentaban, los  militantes de EA, situarse en el terreno de la socialdemocracia.

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En el primer viaje que cursé a Dubrovnik, hace ya varios años, me explicaron que la corbata es una prenda originaria de Croacia. Al principio pensé que se trataba de una broma concebida al hilo de la similitud fonética existente entre el gentilicio del país balcánico -croata- y el término con el que habitualmente se conoce este complemento del vestuario masculino. Más tarde supe que la historia era verdad. El nombre de la corbata es de origen italiano y procede de la voz «croata». Se acuñó en el siglo XVII para referirse a los militares de aquel país que llevaban anudados al cuello pañuelos de colores.

Cuando yo era niño, la corbata era una prenda de vestir que se reservaba para las ocasiones muy solemnes. En las corbatas infantiles, el nudo venía hecho de fábrica y el ajuste al cuello se llevaba a cabo con la ayuda de una goma. En los colegios de pago, esta prenda formaba parte, también, del uniforme cotidiano de los escolares. Pero en Bermeo, en los años sesenta, no se estilaban esas cosas. En nuestro universo infantil de niños de pueblo, la corbata no era más que un ornamento muy singular, reservado exclusivamente para las grandes ceremonias y las fiestas de guardar.

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La izquierda abertzale ha decidido participar con todas las de la ley en las elecciones generales convocadas para el 20-N. La decisión es suya y ha de ser respetada. Sin embargo, no es necesario gozar de una memoria especialmente prodigiosa para recordar que, desde el año 2000, venía haciendo una campaña tan intensa como agresiva en contra de la participación en estos comicios. Una campaña -es preciso subrayarlo- que no descansaba sobre razones coyunturales o de oportunidad vinculadas a las circunstancias del momento, sino sobre principios estratégicos y hasta ideológicos, de carácter estructural y permanente. De ahí la sorpresa -mayúscula sorpresa- que produce su cambio de actitud. Porque, cuando una formación política toma posiciones apelando a la coyuntura, nadie puede reprocharle que cambie de criterio, si las circunstancias han cambiado. Pero cuando las actitudes políticas se justifican invocando los principios, su alteración sugiere de inmediato la grotesca imagen de Groucho Marx, cuando decía aquello de “Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros”.

En las elecciones de marzo de 2000, propugnó la abstención con una tenacidad digna de encomio. Predicó el rechazo a los comicios españoles con una vehemencia difícilmente repetible. Y no fue -como algunos creen, ahora, sin duda equivocadamente- por efecto de la ilegalización. En aquella época no se había aprobado todavía la Ley de Partidos. Todas las siglas eran legales. A nadie se le impedía formar candidaturas y someterlas libremente al dictado de las urnas. Euskal Herritarrok -la sigla del momento- gozaba, pues, de plena libertad de movimientos. Empero, la izquierda abertzale hizo votos por la abstención, arguyendo que el boicot constituía el modo más claro y eficaz de plantarse ante unas instituciones impuestas, que vulneran nuestros derechos nacionales y niegan nuestra condición de nación diferenciada. La decisión -así se dijo- se situaba por encima de la coyuntura política. Era una posición de fondo; básica; de principio. Se ponía en juego nada menos que la dignidad de la nación vasca. Según afirmaba un documento interno de la izquierda abertzale, no era admisible andar a medias tintas; “no se puede -argüía- jugar al mismo tiempo allí (en Madrid) y aquí (en Euskadi). Es preciso -concluía- optar de una vez por todas entre Euskal Herria y España”.

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Esta mañana me ha parecido escuchar en la radio una voz impostada que hablaba de la necesidad de participar en las elecciones generales para ir a Madrid a defender los derechos de Euskal Herria. Y pese a la viscosidad de las inevitables nieblas matutinas -el episodio ha tenido lugar un poco antes de las siete a.m.- me ha parecido advertir que la voz en cuestión sugería algo así como que se trata de un plan inédito; un propósito original que carece de precedentes conocidos. Nadie antes, al parecer, ha estado  en las Cortes Generales defendiendo los derechos de Euskal Herria.  Las palabras que he escuchado dejaban entrever -esa ha sido, al menos, mi sensación- que nunca antes se le había ocurrido a alguien hacer algo semejante. Y, por supuesto, que es la primera vez que alguien se muestra dispuesto a materializar la idea.

Manuel Aranzadi e Irujo. El primer diputado jeltzale que intervino en el Congreso de los Diputados en defensa de la nación vasca. Su discurso es de 1918.

Súbitamente me han venido a la cabeza los encendidos discursos que Mateo de Moraza pronunció en la cámara baja contra la abolición de los fueros vascos. Estamos hablando del siglo XIX. Se encuentran recogidos en una publicación que la Diputación Foral de Araba sacó a la luz hace unos años. Pero he recordado, igualmente, la alocución que el diputado nacionalista vasco Manuel Aranzadi, elegido por la circunscripción de Pamplona, pronunció en el Congreso en los albores de 1918, con ocasión del debate suscitado por la impugnación del acta parlamentaria de Ramón de la Sota que planteó el tradicionalista navarro Victor Pradera. Está recogido en el Diario de Sesiones  correspondiente al 16 de abril de ese año y constituye todo un alegato en defensa de la nación vasca y sus derechos. Fue -creo no equivocarmen en este punto- su primera intervención ante el Pleno de las Cortes Generales. Llegar y besar el santo. He aquí algunos de sus pasajes más significativos:

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Esta mañana he mantenido una interesante conversación telefónica con un amigo gipuzkoano que últimamente ha militado en Hamaikabat.  En el marco de la conversación, que ha versado íntegramente sobre asuntos políticos, le he preguntado -era inevitable- por la opinión que le merece la gestión que Bildu está llevando a cabo al frente de las instituciones. «Desastrosa», me ha respondido de inmediato. «Casi cinco meses después de las elecciones -ha añadido- siguen ocultándose tras el manido pretexto de que todavía se lo están pensando, para no tomar decisiones, ni hacer algo distinto a lo que viene impuesto por la inercia. Es lamentable. Un auténtico escándalo».

Le he respondido que mi impresión es muy parecida a la suya. Cuando los candidatos de la coalición accedieron a las instituciones para las que recibieron el respaldo de las urnas, nadie sabía si iban a ponerlo todo patas arriba o, por el contrario, se iban a acomodar a la situación, poniendo de manifiesto que tras su enfático discurso sobre la renovación y el cambio, no se ocultaba, en el fondo, más que el ya conocido «quítate tú para que me ponga yo». Pero lo cierto es que, pasa el tiempo, y no hay manera de saber cual de los dos opciones prevalece; no hay manera de adivinar si EA ha conseguido «moderar», como anunciaba, la pulsión rupturista de los independientes, o estos han decidido ya imponer su mayoría y se debaten ahora sobre la manera más efectiva de hacerlo, sin que los presuntos «moderadores» opongan la más mínima resistencia.

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Rebuscando entre viejos -y no tan viejos- papeles, he encontrado el cartel que una organización juvenil de la izquierda abertzale difundió, con fruición, por todo lo largo y ancho de las tierras vascas, durante las semanas previas a las elecciones generales del 12 de marzo de 2000. Se trata de un cartel que, obviamente, hace votos por la abstención. Eran -recuérdese- tiempos de boicot. Los supremos gestores de la ortodoxia nacionalista exigían ignorar aquellos comicios y plantarse ante ellos. Participar en unas elecciones convocadas para cubrir las Cortes Generales de España era, para ellos, un pecado de lesa patria para un nacionalista vasco; la mayor y más grave infracción en la que un abertzale podía incurrir para con su nación.

Jugando con el sarcasmo, el cartel hacía un llamamiento a todos los españoles para que participasen en sus elecciones. En las elecciones de los españoles. En unas elecciones en las que bajo ningún concepto deberían participar las formaciones políticas de inspiración nacionalista vasca. «ESPAÑOLES -decía con letras mayúsculas el mensaje central del anverso- A VOTAR». Y renglón seguido añadía: «ARRIBA ESPAÑA, ARRIBA FRANCO, VIVA LA CONSTITUCIÓN». En la parte superior, una banda compuesta por fotografías en blanco y negro, reproducía, de izquierda a derecha, un retrato en blanco y negro de Almunia -que fue, recuérdese, el candidato del PSOE en aquellos comicios- Iturgaitz, Arzalluz, Aznar y Mayor Oreja.

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