Hoy se ha reunido la Diputación Permanente del Congreso de los Diputados. El orden del día incluía varias solicitudes de comparecencia. Finalmente, la vicepresidenta Elena Salgado comparecerá en la segunda mitad de Agosto. Chavez no comparecerá por ahora, y Moratinos tampoco. Gorbacho, por su parte, tiene mucho que explicar sobre el fallido diálogo social.
En Madrid, la canícula castiga con severidad. Hace un calor, que derrite el asfalto. De regreso a Bilbao, he echado un vistazo a la prensa de la jornada. La Razón publica una larga entrevista con mi amigo Eduardo Madina, recientemente designado Secretaro General del Grupo Socialista. Madina es buena gente. Un hombre con valores y principios. Fiable y honesto. De esos que, en el trato personal, buscan más los puntos de encuentro que los factores de disenso. Le tengo en muy buen concepto. Y mantenemos un trato sincero y leal.

Todo el mundo conoce a Miguel Angel Revilla. Desde que se propuso, hace ya algunos años, divulgar a los cuatro vientos su sólido y profundo pensamiento político, se ha convertido en un rostro muy popular.
Esta mañana he estado en Madrid. Ha sido un viaje fugaz, de ida y vuelta, pero que no he podido eludir. Así es la vida del diputado. Ajetreada. Sobresaltada. En constante movimiento. Un día nos encontramos celebrando las madalenas en Bermeo y al día siguiente nos vemos, con traje y corbata, en el centro mismo de la villa y corte. Y mañana, ¡vaya usted a saber donde! Nuestra agenda cambia con más rapidez que el tiempo en el verano de Helsinki.

Josep Pla fue un extraordinario y prolífico escritor gerundense al que muchos hablantes de la lengua de Maragall consideran como uno de los grandes maestros de las letras catalanas. Fue un hombre inteligente y muy cínico, al que gustaba aproximarse a la realidad desde la ironía, las contradicciones y las paradojas.
En 1942, el escritor portugalujo Juan Antonio Zunzunegui entregó a la imprenta la segunda serie de sus Cuentos y Patrañas de mi ría. Era una colección de relatos breves, reunidos en un solo volúmen bajo el inquietante título de «El hombre que iba para estatua». El rótulo, que encabeza una portada de tono ocre bastante intenso, aparece ilustrado con un dibujo en el que se representa una silueta humana dividida verticalmente en dos mitades. La de la derecha refleja al hombre, vestido con americana, camisa a rayas y una pajarita al cuello. La situada a la izquierda, por su parte, traza el perfil de una estatua de corte clásico, labrada en blanco, desprovista de ropa y con el brazo extendido. Su pose es la de un emperador augusto.