Ocurrió, si no recuerdo mal, en los albores de 2005. La Répública Arabe Saharaui Democrática organizó una visita oficial a los campamentos de Tinduf para sendas delegaciones del Parlamento europeo y de las Cortes Generales del Estado español. La invitación coincidía en el tiempo con la II edición del Festival Internacional de Cine del Sahara, lo que constituía todo un acontecimiento para los habitantes de Auserd.

En la jaima de Fatma, junto a Pomés, Grau, Meyer y los familiares de la patrona
Eran los primeros tiempos del Gobierno de Zapatero. Se vivían tiempos de esperanza. El optimismo y la euforia se imponían por todas partes. El talante y la frescura de Zapatero parecían capaces de vencer todos los imposibles. También los saharauis estaban ilusionados. Creían, sinceramente, en la posibilidad de que el Gobierno Socialista fuera a comprometerse seriamente en una labor diplomática eficaz que les permitiese, por fin, ejercer al derecho de autodeterminación. No había llegado, todavía, la fase del desencanto. Y cautivados por el hechizo zapateril, creyeron que sería bueno reunir en el Sahara a una representación de los parlamentos europeo y español, para exponerles su situación y expresarles sus inquietudes.


El poder político siempre ha buscado su legitimación. Quien ejerce autoridad pública sobre otros, aspira a que éstos acepten de buen grado su dominio, sin ponerlo cuestión ni dudar de su justificación.
Hoy hemos hecho campaña en Zalla; un municipio de 8.000 habitantes, situado en la parte oriental de Bizkaia. Las Encartaciones siguen siendo un pequeño paraíso aún por descubrir, incluso para los mismos vizcaínos. No digamos ya para los vascos del resto de los territorios, entre los que es frecuente detectar la -errónea- creencia de que Bizkaia acaba en Bilbao.
Hoy he hecho un paréntesis en la campaña. He viajado a Madrid para asistir a la Junta de Portavoces del Congreso y liquidar algunos asuntos menores que tenía pendientes de resolución.

