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Nos habían dicho que las nieves llegarían hasta el nivel del mar. Y así ha sido aunque se haya de precisar que, en esas ínfimas cotas, apenas ha cuajado. Nos dicen que el frío invierno que hemos padecido se encuentra en sus últimos estertores. Y será verdad, probablemente aunque, en pleno de mes de marzo, la temperatura no haya superado, a lo largo del día, los 5º C. Nos dicen que los inviernos fríos resultan saludables porque matan los bichos y preparan los campos para el nuevo ciclo vegetativo. Y debe ser cierto aunque, el pueblo llano perciba que, en realidad, el frío multiplica los bichos y, por ende, las gripes. Y ya  no hablo del amplio juego que la metáfora popular -los bichos- ofrece de cara a explicar algunas de las cosas que están ocurriendo en el terreno de la política.

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Rectificar

Durante las últimas semanas, el PP viene condicionando su disposición a participar en los pactos de Estado propuestos por el Gobierno al hecho de que éste rectifique la política económica. «O cambian radicalmente la ruta que han trazado para afrontar la crisis -ha exigido Rajoy-, o no cuenten con nuestro apoyo». Es más, una vez metido en harina, el líder de los populares, incluso ha puesto un ejemplo muy gráfico de lo que el Ejecutivo puede hacer para conseguir el apoyo del partido conservador: «Hagan lo mismo que han hecho en el ámbito de la política antiterrorista. Rectifiquen, asuman nuestros postulados, y verán cómo les apoyamos».

El problema es que, cuando uno mira para atrás y repasa la actitud que el PP ha venido adoptando en el Congreso en relación con todas y cada una de las medidas extraordinarias que el Gobierno ha impulsado para afrontar la recesión, no acaba de ver donde radica la lógica de exigir una rectificación radical de lo hecho. Me explico.

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Esta mañana, cuando abordaba el ágil repaso cotidiano de la prensa del día, no he podido impedir que una lágrima de emoción recorriese precipitadamente mi mejilla derecha, y cayese al vacío para estrellarse contra la página abierta del diario que tenía extendido sobre la mesa. Me ha conmovido comprobar el indudable éxito con el que, en cuestión de semanas, los responsables de comunicación de la Lehendakaritza han conseguido transformar la indolente imagen de Vanity fair en el activo perfil de un estadista sólido y clarividente, capaz de liderar a los líderes en el tránsito hacia ese horizonte de luz y armonía que nos espera al otro lado del oasis. Las sencillas crónicas de una reunión protocolaria, parecían encendidos poemas épicos tejidos en torno a la destacada figura de un héroe homérico que, rodeado de los mejores, ya no conoce límites a su caudillaje.

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Acabo de leer el documento que hoy ha hecho público el PP con sus propuestas para luchar contra la crisis económica. En uno de sus primeros puntos, referido a la sostenibilidad de las finanzas públicas y la austeridad presupuestaria, el documento plantea la necesidad de

«Cumplir los mandatos del Congreso de los Diputados de acometer una reducción y racionalización de la estructura del Gobierno y de sus Altos Cargos, recogidos en las iniciativas aprobadas el 28 de abril de 2009, el 16 de junio de 2009, el 27 de octubre de 2009 y el 9 de febrero de 2010, respectivamente»

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Hace unos meses, un amigo que tiene casa en Marbella me hizo partícipe de un chascarrillo que al parecer circula con bastante intensidad entre las gentes que habitan o frecuentan el municipio malagueño. «Aznar -me refirió- se ha comprado en chalet en la zona más lujosa del lugar. Y ha plantado en el jardín una bandera española más grande que el campo de San Mamés, lo que ha provocado la sorpresa de los vecinos y la hilaridad de los más cáusticos, que interpretar el gesto como una excentricidad del personaje».

El comentario me hizo gracia, pero no le presté demasiada atención. Mi amigo es proclive a los relatos creativos y, aunque nunca le he visto mentir, acostumbra a adornar sus narraciones con un tono burlón que no ayuda, precisamente, a discernir con nitidez entre lo real y lo fabulado.

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Hobeto horrela

Synthia-ren etorrera dela eta ondorio larriak gerta zitezkeela esana ziguten, agintari eta komunikabideek, azken egun hauetan. Gomendioak ere ez dira falta izan: etxetik ez ateratzea hobea zela kalerik kale ibiltea baino. Ahal dela, kotxerik ez hartzeko. Plaza zabaletatik ihes egiteko eta ondasun mugikorrak ondo lotuta uzteko. Hainbeste aldiz izan digute kontuz jokatzeko… beldurra ere sartu egin digute gorputzean. Ikusitakoak ikusita, inor ez baita naturaren zorabioak har dezakeen norabideaz fidatzen. Eskura genituen prebentzio-neurri guztiak hartu ditugu. Itsasertzean, bereiziki, ateak itxi, lehioak lotu, berebilak garajean sartu eta eskaparateak egurrez estaldu ditugu.

Arratsaldeko zazpiretan giroa eta itsasoa nahiko lasai zeuden atzo Bakion

Atzo arratsaldean, denok ibili gara arretaz eta artega haize-dunbadarik indatsuenak noiz joko. Baina orduak aurrera egin eta… iragarritako ekaitza ez zen inondik ere somatzen. Itsasoa, olioa bezain mantso eta lehun zegoen. Eta haizeak noiz behinkako erasoak egiten zituen arren, ez zirudien apareko haserrearekin zetorrenik.

Azkenean, iluntzean baino gaunean, etorri da etorri zorioneko ekaitza. Baina ez du ematen horrenbesterakoa izan denik. Izan dira, bai, han eta hemengo kalteak; suertatu da, baita ere, zaurituren bat edo beste baina, oro har, negun maiz-sarri izaten ditugun ekaitz horietakoa izan dela ematen du. Hobeto horrela. Bestela ere badaukagu kezkatzeko arrazoirik eta.

En febrero de 1990, hace ahora veinte años, el pleno del Parlamento vasco aprobó una resolución en la que proclamaba el derecho del Pueblo vasco a la autodeterminación y se precisaba que ese derecho consiste en la “potestad de sus ciudadanos para decidir libre y democráticamente su estatus político, económico, social y cultural, bien dotándose de un marco político propio o compartiendo, en todo o en parte, su soberanía con otros pueblos”.

Desde entonces han transcurrido dos largas décadas, a lo largo de las cuales, el ejercicio del derecho de autodeterminación ha transformado radicalmente la geografía política europea. Estados aparentemente consolidados e inmutables, se han visto amputados o desmembrados y fronteras tenidas por inamovibles han desaparecido o cambiado de trazado, en una eclosión de expresiones de autodeterminación que han dado voz, por primera vez en muchos años, a pueblos secularmente condenados a mantener en silencio su voluntad colectiva.

Socialistas vascos -entre otros, Txiki Benegas y José Antonio Maturana- portan en San Sebastián una pancarta reivindicando el derecho de autodeterminación

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En una entrevista que hace algún tiempo concedió a un medio de comunicación, la presidenta del Parlamento vasco recordaba con embeleso la honda fascinación que los veraneantes madrileños suscitaban en su alma juvenil, cuando, hace años, les veía arribar a Hondarribia con su deslumbrante halo glamoroso. Al leer el titular, me acordé de una familia de Madrid que, en mi época de estudiante, se trasladaba a Bermeo todos los años a disfrutar el periodo vacacional. Y el recuerdo me sirvió para constatar el contraste. También a nosotros nos gustaban las motos de trial que exhibían los hermanos madrileños -que si no recuerdo mal eran cuatro, y todos chicos- pero lo que sentíamos hacia ellos nada tenía que ver con el deslumbramiento que Arantxa Quiroga confesaba en la entrevista. El que no les miraba con prevención -e incluso con antipatía- les trataba de tú a tú; es decir, sin aspavientos ni especiales consideraciones. En Aritzatxu, la pequeña cala en la que unos y otros nos reuníamos para disfrutar del ocio playero, apenas había espacio vital para la afirmación de jerarquías y clases sociales. Tampoco ellos -es justo hacerlo notar- se daban el pote o reclamaban trato preferente alguno.

José María Aznar haciendo gala de su buen estilo

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Durante las últimas semanas, la atmósfera política se ha visto cargada de todo tipo de partículas flotantes que hablan de Pactos de Estado. La alarma generada en la sociedad por el devastador efecto que la crisis económica está teniendo en el tejido empresarial y en el empleo, se está expresando a través de un clamor popular que viene exigiendo a la clase política voluntad y esfuerzo para orillar las diferencias, acabar con los debates estériles y buscar acuerdos que permitan optimizar las energías disponibles, poniendo a todos a remar en la misma dirección. Es en este contexto donde ha emergido la propuesta de un Pacto de Estado que sea capaz de poner fin a los reproches cruzados y de sentar las bases de la acumulación de fuerzas que resulta necesaria para combatir la recesión con eficacia y determinación.

Aunque la demanda está en la calle, la idea del Pacto de Estado la ha puesto en circulación CiU, recordando los Pactos de la Moncloa y reclamando la necesidad de articular un compromiso entre todas las fuerzas políticas que, al igual que en la transición, haga posible unir fuerzas para plantar cara con eficacia al galopante deterioro de la economía. En la misma dirección han apuntado ciertas escaramuzas del rey, al que la prensa ha querido ver como un monarca francamente preocupado por la crisis y empeñado en mediar entre los agentes políticos y sociales con el propósito de remover los obstáculos que, al parecer, impiden el Pacto.

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En su conocido relato titulado El proceso, el escritor Franz Kafka narra la surrealista historia de un hombre, Josef K., que una mañana es arrestado por unos desconocidos en la alcoba de la pensión en la que reside y se ve abocado a afrontar un juicio penal absurdo, caótico y endiabladamente enmarañado, cuyo sentido y desarrollo es absolutamente incapaz de comprender. Lenta, pero implacablemente, Josef se ve atrapado por una misteriosa red procesal, que le va conduciendo de manera inexorable hacia un túnel cada vez más abstruso y oscuro. Todos sus esfuerzos por intentar comprender lo que le ocurre acaban frustrados. Y la pretensión de sustraerse al influjo fatal de tamaña tenaza jurídica entraba de lleno en el terreno de la quimera. Afronta interrogatorios, departe con oficiales y abogados y se comunica con otros detenidos, pero ni logra conocer el delito por el que es acusado, ni acaba de encontrar el significado de los trámites y diligencias a los que es sometido, aunque todo parece obedecer a un designio poderoso que no es capaz de precisar qué persigue ni para qué lo hace.

Asel Luzarraga en una fotografía reciente

El proceso es una de las obras más representativas de lo que en el lenguaje común se conoce como kafkiano. El desconcierto y la impotencia del protagonista se hacen patentes desde el comienzo mismo del relato, que arranca observando que “Alguien debió de haber calumniado a Josef K., puesto que sin haber hecho nada malo, fueron a arrestarlo una mañana”. Y a partir de ese momento, el drama se va adueñando de la narración tan inexorable como imperceptiblemente.

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