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Todo el mundo sabe en Euskadi, porque así lo exige el discurso político correcto, que no hay que hablar con Batasuna, porque nada hay que tratar con ella mientras no condene expresamente a ETA. Lo ha dicho el PP, con su habitual tono dogmático y lo han repetido los socialistas, con la misma fidelidad con la que el eco repite la voz que lo provoca. Es sobradamente conocido que, en el pasado, se habló con ellos -y mucho, por cierto- pero la la corrección política predica que eso pertenece al pretérito. Hoy, todo es diferente.

Sin embargo, el presidente de los socialistas vascos, que no parece dispuesto a caminar por la senda de la ortodoxia,  discrepa de la doctrina oficial. No sólo cree que hay que hablar con Batasuna, sino que, además, lo dice públicamente, poniendo a sus compañeros en un serio compromiso. Y para más inri, lo hace. Desmarcándose del dogma instituido, no tiene reparo alguno en reunirse con dirigentes de la Izquierda Abertzale y mantener con ellos conversaciones de toda índole.

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Ez da erraza jakitea Bizkaiko pagadirik zabalena non dagoen. Mendizaleak pentsa dezake Orozko inguruko mendietan dagoela. Edo Urkiola hurbileko aitzetatik barna. Edo Gorbeiaren magaletako basoetan, behar bada. Ba, ez. Bizkaiko pagadirik handiena Enkarterrietan dago. Horrela diote behintzat mendiz mendi dabiltzanentzat prestaturiko gidak. Bizkaiak Burgosekin muga egiten duen puntuan hain zuzen ere. Karrantzako haranetik Balgerri mendira garamatzan bidean, zehatzago esateko.

Udagoieneko hau sasoi egokia da, oso, basotik ibiliz, arboletako osto horituen koloreaz gozatzeko. Daltonikoa ez denaren begientzat, behinik behin, opari ederra da basoek edota arboladun parkeek eskaintzen diguten estanpa koloretsua. Europako erdialdean golden autumn edo urregorrizko udagoiena deitzen diote, urtean-urtean, sasoi honetan basoak hartzen duen margo horixka-marroi-gorritxo ederrari. Nik neuk oso gustokoa dut urregorrizko udagoiena. Eta sasoia heltzen denean, tartea aurkitu nahian nabil beti, mendiko bidea hartu eta bere eskaintza kromatikoari begiratzen denbora igarotzeko.

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En el vuelo que nos condujo de Madrid a Kiev -cuatro largas horas en el mismo sentido de la rotación terrestre- dí remate a lectura de un libro de Manuel Chaves Nogales que he llevado en el petate durante los últimos días. Se titula El maestro Juan Martínez que estaba allí. Un título extraño para una obra espléndida, que recomiendo vivamente a todo aquel que tenga interés por aproximarse la revolución soviética y la ulterior conflagración civil, desde la perspectiva, apolítica, de un bailarín flamenco, natural de Burgos, que en 1916 llegó a Kiev, en una gira profesional, con el propósito de exhibir su arte por los teatros y cabarets de la Rusia zarista, y le tocó vivir, desde dentro, junto a su compañera Sole, gran parte de los increíbles pasajes que marcaron aquél sangriento episodio histórico, hasta que en 1922, muerto de hambre y oculto tras una nacionalidad falsa, consiguió huir de aquel infierno, embarcando en Odesa, rumbo a Estambul.

Junto al monumento a las víctimas del Holodomor. Atrás, entre la niebla, se divisa la torre blanca que evoca la imagen de una vela encendida.

En uno de los primeros capítulos de la obra, Juan Martínez observa que quien hubiese estado en Kiev cuando él y su compañera llegaron a la ciudad, contratados por el Intimes Theatre, “no hubiese soñado siquiera lo que iba a pasar en Rusia seis meses después. El zar -anota el bailarín- hizo por aquellos días -octubre o noviembre de 1916- una visita oficial a Kiev y se le recibió con un entusiasmo delirante. Las calles estaban engalanadas y se organizaron numerosas manifestaciones de adhesión al emperador. Una mañana, Nicolás II salió a pasear en coche por las calles de Kiev y entró en varias tiendas para hacer compras, rodeado siempre por un inmenso gentío que le vitoreaba”.

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He comenzado el mes de noviembre en Kiev, capital de la República de Ucrania y cuna, según reza una de sus tradiciones más arraigadas, de la cultura eslava y de lo más granado del credo ortodoxo. Aunque desde el extremo occidental de Europa la vemos como un enclave exótico y remoto, Kiev es una ciudad interesante y atractiva, que se esfuerza día a día en despertar del penoso e interminable letargo soviético -¿o sería más correcto llamarle pesadilla?- y en trazar un camino propio y viable para un país sin apenas pasado político -en los últimos seis siglos ha dependido de Polonia, del Imperio ruso y del Imperio Austro-Húngaro- y con el alma partida entre dos vocaciones -la rusa y la europea- que se expresan, respectivamente, en la lengua de Fedor Dostoievsky y en la de Tarás Shevchenko.

Frente a la portada principal del Parlamento de Ucrania

En su condición de capital de Ucrania, Kiev alberga la sede de las instituciones centrales de de la República: las legislativas, las ejecutivas y las de carácter judicial. Por razones obvias, mis -nuestros, más bien, porque en el viaje hemos participado varios parlamentarios- contactos se han producido, sobre todo, con gentes encuadradas en las primeras; las de carácter representativo. Es en ellas, por tanto, donde voy a fijar mi atención en las líneas que siguen.

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Según publican hoy los diarios de los grupos Vocento y Noticias, el PSE y Batasuna se reunieron en secreto hace un mes en Bilbao, a petición de esta última, en el marco de la ronda de contactos emprendida por la izquierda abertzale y EA con diferentes partidos vascos. En esta reunión -siempre según las mismas fuentes- participaron el portavoz parlamentario, José Antonio Pastor y el secretario de Organización del PSE, Alfonso Gil, por parte de los socialistas, y los dirigentes Rufi Etxeberria y Jone Goirizelaia en representación de la Izquierda Abertzale.

La noticia ha provocado cierta agitación en los círculos políticos porque, durante los últimos meses, los socialistas -tanto los vascos como los españoles- no sólo han negado, con la máxima rotundidad, todo tipo de contactos con la Izquierda Abertzale, sino que han utilizado epítetos bastante duros para denostar a quienes han reconocido públicamente haberlos mantenido. Lo hicieron con EA, lo hicieron con el PNV -todavía recuerdo a Patxi López haciendo declaraciones sobre este particular desde el otro lado del Atlántico- y más recientemente, lo han vuelto a hacer con ERC e ICV. Pese a la negativa de los socialistas, Tasio Erkizia declaraba hace unos días que en el Partido Político de Patxi López conocen “de primera mano” los pasos que está dando Batasuna.

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No he sido capaz de encontrar las notas que tomé en el encuentro que Néstor Kirchner, a la sazón presidente de Argentina, mantuvo con los portavoces parlamentarios del Congreso y del Senado durante el viaje oficial que le trajo a Madrid a mediados de 2006. Voy a intentar, sin embargo, hacer un ejercicio de memoria e intentar reconstruir aquel breve episodio, que fue el único en el que tuve la ocasión de ver y escuchar en persona al mandatario recientemente fallecido.

Salundando a Néstor Kirchner cuando visitó Madrid en junio de 2006

He de precisar, en primer término, que no todos los presidentes extranjeros que visitan las Cortes se prestan a este tipo de reuniones. Kirchner se avino a hacerlo, lo que dice mucho en su favor. Aunque he de añadir de inmediato que no accedió a un turno de preguntas. Es posible que la agenda lo hiciera imposible, no lo sé. Lo cierto es que nos saludó con arreglo al protocolo, soltó su discurso y se marchó precipitadamente.

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En estos últimos días, Joan Herrera, diputado de Iniciativa Per Catalunya-Verds desde 2004, está formalizando su despedida. Abandona el Congreso de los Diputados para dedicarse encabezar la lista con la que su partido concurrirá a las elecciones autónomicas catalanas del próximo mes de noviembre. Inicia una nueva etapa en su trayectoria parlamentaria y, probablemente también, en su orientación personal y política.

Fotografía obtenida en la despedida de anoche. De izquierda a derecha, Ana Oramas (Coalición Canaria) Olaia Fernández (BNG), Joan Herrera, Josu Erkoreka y Pedro Azpiazu (PNV)

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Los estudios sociológicos más autorizados vienen constatando que, desde los albores de 1980, los ciudadanos del Estado español han expresado mayoritaria y sistemáticamente su apoyo a la Democracia, como la mejor -o la menos mala- de las opciones posibles. En un trabajo publicado hace dos años en la Revista Española de Ciencia Política, Mariano Torcal observaba que «el apoyo a la democracia se ha caracterizado por la estabilidad con pequeños aumentos monotónicos pese a sus opiniones fluctuantes sobre la situación económica, política, e incluso sobre el mismo funcionamiento d ela democracia. Entre 1985 y 2000, entre un 76 y un 88% de los españoles consideraba que la democracia era el sistema político más adecuado» («El origen y la evolución del apoyo a la democracia en España. La construcción del apoyo incondicional en las nuevas democracias», RECP, núm 18, abril 2008, págs 29-65).

No voy a entrar a analizar ahora, pese al interés que el asunto reviste, el modo en el que diferentes factores como la edad, el territorio de residencia o la filiación política, inciden sobre esta actitud social, manifesta y abrumadoramente favorable a la consideración de la Democracia como el mejor de los sistemas políticos. Tampoco voy a incidir en este post, sobre otra cuestión directamente vinculada a esta, que sería, igualmente, digna de ser estudiada con cierto detenimiento: el grado de satisfacción de los ciudadanos con el funcionamiento del régimen democrático actualmente vigente en el Estado español, un punto al que dediqué una página hace varias semanas.

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No es habitual que los diputados que se oponen a un proyecto de Ley dediquen más tiempo a criticar a los grupos que van a apoyarlo, que a explicar las razones por las que votarán en contra. Y sin embargo, eso es lo que ocurrió el pasado martes cuando se debatieron en el Congreso las enmiendas a la totalidad presentadas contra el proyecto de Presupuesto General del Estado. Prácticamente ninguno de los oradores que tomaron la palabra esa tarde dejó de hacer alguna referencia al pacto suscrito para su aprobación entre el PSOE y el PNV. En algunos casos -como el de CiU y ERC- fueron expresiones de respeto e incluso de elogio a lo acordado. Pero en otros, como cabe sospechar, los respectivos portavoces no se ahorraron críticas, tanto al pacto, en sí mismo, como a los partidos que lo hemos firmado. No creo necesario reseñar que las invectivas fueron particularmente afiladas en el caso de Rajoy, Rosa Díez y el portavoz de UPN, Carlos Salvador. Tras escuchar sus ataques, pensé: “si alguien dudaba sobre la bondad del acuerdo, la feroz oposición expresada por estos tres portavoces es un indicador claro de que hemos acertado. El hecho de que a ellos no les guste, significa, inequívocamente, que lo hemos hecho bien”.

Pero si se analiza con cierto detenimiento el significado político que encierra el acuerdo, no resulta difícil darse cuenta de que, en realidad, nos hemos limitado a aplicar la misma receta que ha venido inspirando la actuación de los diputados y senadores del PNV desde que en 1977 se convocasen las primeras elecciones tras la muerte de Franco. Siempre que el PNV ha pedido el voto de los ciudadanos para cubrir los escaños del Congreso y el Senado lo ha hecho subrayando la extraordinaria importancia que encierra disponer de un Grupo vasco fuerte, firmemente comprometido con la defensa de los intereses de Euskadi y el desarrollo del autogobierno vasco en las Cortes Generales. Si uno echa un vistazo a los lemas que han presidido las campañas del PNV en las elecciones generales de los últimos treinta años, no tarde en darse cuenta de que, de uno u otro modo, siempre ha estado presente en ellos, la idea de recabar el voto desde el compromiso firme de que será útil para Euskadi. “Para que gane Euzkadi -decíamos en la campaña de 1982-, vota PNV”. Y en Nafarroa, donde lo que faltaba era una representación en Cortes específicamente comprometida con la defensa del Viejo Reino, solicitamos el respaldo ciudadano para hacer sitio a “la voz de Navarra que falta en Madrid”.

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En una pared situada en el alto de Markaida, junto a la carretera que conduce de Bidebieta a Mungia, inmediatamente después del caserío llamado Txakurzulo, alguna mano diestra escribió, en los albores del pasado mes de julio, una pintada que me llamó la atención: Astindu bandera gorria. La frase estaba escrita con caracteres negros de notables dimensiones y era perfectamente legible desde la carretera.

La primera vez que la ví, la pintada me produjo una cierta sorpresa. Eran -recuérdese- los momentos más gloriosos de la roja. Por aquellos días, los informativos nos saturaban a todas horas con evocaciones gloriosas sobre la impecable trayectoria de la selección española en los mundiales de Sudáfrica. Por los medios de comunicación soplaban, sin cesar, fuertes vientos patrióticos, que proyectaban hacia los cuatro vientos el sueño ideal de una España construida a imagen y semejanza de aquel arrollador equipo de fútbol. Me extrañó ver una pintada en euskera que, al menos aparentemente, animaba a blandir la enseña roja. No acababa de ver yo que en los ambientes que habitualmente se expresan en lengua vasca, anidase tamaño entusiasmo por la selección española y sus logros deportivos. La segunda vez que pasé por el lugar, fijé mis ojos en la pintada y observé que, junto a las letras escritas en negro, había una estrella de cinco puntas dibujada en tono rojo bermellón. «¡Ah!», pensé. «Esto es otra cosa. No es la roja de la selección española sino la roja del movimiento comunista internacional». Nada nuevo bajo el sol. En Euskadi, la Izquierda Abertzale acostumbra a exhibir esta simbología, sin tapujos ni complejos, en gran parte de sus carteles y folletos gráficos.

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