«Todos los días un plátano, por lo menos». Así rezaba un spot publicitario que emitía la televisión -la única que habia entonces- en mis años mozos. Desde la pantalla, un chaval rubio y sonriente nos requería a los televidentes para que hicieramos un lugar en nuestra dieta cotidiana a ese sabroso fruto tropical. El spot formaba parte de una campaña orientada a fomentar el consumo del plátano de Canarias; un producto sano, energético y asequible.
Años después, cuando cursaba en Deusto los estudios universitarios, recuerdo que un buque de las Líneas Pinillos atracaba semanalmente junto a los muelles situados frente al edificio de La Literaria, que es como denominábamos entonces a la sede histórica de la Universidad. Decían los bilbainos, que siempre sabían de estas cosas un poco más que los advenedizos como yo, que se dedicaba al transporte de plátano de Canarias. Nunca me acerqué al lugar para comprobar personalmente si el rumor se correspondía con la realidad o se trataba de una simple leyenda urbana.
Esta semana se han agolpado en mi mente todas estas imágenes, porque el martes debatimos en pleno una iniciativa de Coalición Canaria en la que se instaba al Gobierno a adoptar una serie de medidas de carácter fundamentalmente normativo y administrativo, para favorecer al sector platanero de las islas afortunadas, que se encuentra inmerso en una crisis brutal. Hago mención expresa de esta Moción, porque fuimos muchos los diputados que quedamos sorprendidos por la rigidez y la falta de reflejos con las que el Grupo Parlamentario Socialista afrontó su debate y votación. Algunos utilizaron el término «torpeza» para calificar la actuación de los socialistas, pero creo que son más acertadas las dos expresiones que he utilizado. Lo que no significa, claro está, que no den todos los días muestras de inenarrable torpeza.










