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Insumisos

Ayer se publicó en el BOE la Ley 19/2011, de 5 de julio, por la que pasan a denominarse oficialmente «Araba/Álava», «Gipuzkoa» y «Bizkaia» las demarcaciones provinciales llamadas anteriormente «Álava», «Guipúzcoa» y «Vizcaya». Su Disposición final establece que la norma entrará en vigor «al día siguiente de su publicación en el Boletín Oficial del Estado». Es decir, hoy. A partir de hoy, por tanto, la Ley goza de plena validez y efectos jurídicos. Y vincula a todos los ciudadanos. Eso significa que, todo aquél que persista en la utilización de la grafía anterior, se sitúa al margen de la legalidad; o, visto desde otra perspectiva, incurre en insumisión.

Seguro que serán muchas las instancias públicas y las plataformas comunicativas que, pese al cambio legal, continuarán aferradas a la denominación ya derogada. Y no me cabe duda alguna de que, en más de un caso, lo harán de forma consciente y deliberada; con ánimo de hacer patente su oposición a lo dispuesto en la Ley. Será interesante asistir a los alardes de insumisión de quienes se pasan el día invocando el Estado de Derecho, el imperio de la ley y la subordinación de todos los ciudadanos al ordenamiento jurídico. Invito a los visitantes del blog a otear el horizonte con el fin de detectar los casos que puedan darse. Seguro que aflora más de un caso chocante.

Esta mañana he ojeado levemente la prensa escrita y me ha llamado la atención el énfasis con el que los titulares cargan sobre Ezker Batua la responsabilidad de la más que previsible designación, esta tarde, de Javier de Andrés (PP) como diputado general de Araba. Más allá de los matices con los que cada medio expresa lo ocurrido, en todas las cabeceras se atribuye a la franquicia vasca de Izquierda Unida la decisión de entregar a los populares la institución foral alavesa. Veámoslo en un breve repaso.

«La militancia de EB -anota El Mundo– aupa al popular Javier de Andrés a diputado general de Alava». El Correo reseña: «Las bases de Ezker Batua de Alava deciden dar la Diputación al PP». Sin salir del mismo grupo, El Diario Vasco titula como sigue: «El PP gobernará Alava porque la militancia de EB decido no apoyar al PNV». Para Deia, «Ezker Batua decide que el PP gobierne la Diputación de Araba». El País, por su parte, enfatiza: «EB entrega al PP la Diputación de Alava». El Público lo expresa en términos muy parecidos: «Ezker Batua entregará hoy al PP la Diputación de Alava». Y el ABC, siempre más complaciente con los populares, encabeza: «Ezker Batua permitirá al PP recuperar la Diputación de Alava».

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El pasado domingo me detuve unos minutos en la lectura del artículo dominical que Santos Juliá publica -creo que lo hace todas las semanas- en el suplemento de El País. Se titulaba «Bildu en el poder». Como casi siempre que alude directa o tangencialmente al PNV, los reproches de Juliá se centran, también en este caso, en la formación jeltzale. Se nota demasiado que las siglas no le gustan.

En este caso, convierte al partido en el máximo -o quizás único- responsable de la considerable posición de poder que Bildu ha obtenido en Gipuzkoa y Donostia. El pueblo soberano y sus veredictos, al parecer, no cuentan para nada. He aquí su reflexión:

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Nuevos tiempos

En Euskadi se ha inaugurado un nuevo tiempo. Ese es uno de los sonsonetes que más se escucha últimamente por estos lares vascongados. Nuevo tiempo o, quizás mejor en plural: nuevos tiempos. El maestro Josep Pla, siempre frío, cínico y distante, decía de los nuevos tiempos -de los de su época, evidentemente; siempre hay gente que predica nuevos tiempos- se caracterizaban porque «las cebollas son cada vez mayores, pero cada vez más insípidas». Lo nuevo siempre resulta fascinante, porque nos abre a lo desconocido. Pero también despierta suspicacias, porque el tránsito no siempre se produce hacia un escenario que pueda ser considerado mejor.  Si todo lo que nos aporta son cebollas más grandes pero más insípidas, parece claro no todo el mundo compartirá lo que pueda tener de fascinante. Como decía Antonio de Guevara «vemos cada día que con lo que uno sana otro enferma, con lo que uno mejora otro empeora, con lo que uno prevalesce otro se oscurece, con lo que uno ríe otro sospira y aun con lo que uno está contento vive otro desesperado».

El anuncio de lo nuevo ha servido de antesala para la irrupción de la primavera, pero ha cumplido, también, el papel de la sentencia que conduce hacia la siniestra puerta del gulag. Lo nuevo es sinónimo de vida pero también ha sido germen de dolor, sufrimiento y sangre. En sus Historias de Pekín, el norteamericano David Kidd recordaba que cuando el ejército comunista, pomposamente autodenominado «Ejército de Liberación» entró en la ciudad, sus habitantes adoptaron, por pura comodidad, la costumbre de datar los sucesos según que hubieran sucedido en la etapa anterior o en la posterior a la liberación. «Mi propia experiencia -añade- estaba netamente dividida entre esas dos etapas. En tiempos de la pre-liberación enseñaba inglés en la Universidad Nacional de Qinghua, a unos diez kilómetros de Pekín, y tenía una casa en el campus. En tiempos de la post-liberación, no podía dar clases de inglés en ningún sitio y vivía en la casa de la familia de Aimee, en Pekín». La liberación partió en dos la biografía personal de casi todo el mundo. Era lo nuevo, sí, pero no necesariamente bueno. También en la España de Franco se impuso durante algún tiempo la práctica de computar los años a partir del I Año Triunfal. Y es evidente que no todo el mundo recuerda aquella etapa como un período gozoso. 

Parecen viejas historias, pero hubo gente que las vivió como nuevos tiempos. No es bueno cerrarse a lo nuevo. Pero es peor aún resignarse a que lo nuevo sea manifiestamente peor que lo anterior.

“Sí, pero no”, dice Antonio Gutiérrez en un artículo de opinión que vio la luz en el diario El País del pasado 1 de julio. “Sí, pero no”. Afirmación, seguida de negación. O dicho en otros términos: respaldo e inmediato rechazo. Vistas las circunstancias, cualquier mente malvada hubiera tendido a pensar que el ex secretario general de Comisiones Obreras –lo fue, si no me equivoco, nada menos que entre 1987 y 2000- dice que sí a la posibilidad de continuar gozando de las mieles de la presidencia de la Comisión de Economía del Congreso de los Diputados -de la que no consta que haya dimitido o que vaya a dimitir a corto plazo- pero dice no a los sinsabores que inevitablemente entraña someterse a la disciplina del Grupo Parlamentario Socialista, en el momento en el que este ha de avalar las impopulares medidas de ajuste que la UE ha sugerido al Gobierno de Zapatero para plantar cara a la crisis. Y se hubiese echado a reír recordando, con el refranero que “sopas sin sorber, no puede ser”. Pero Antonio Gutiérrez lleva años ejercitándose en el difícil arte de ubicarse en una posición moralmente superior a la del resto de los mortales y, en su caso, parece posible deglutir el plato de sopa hasta el último fideo, sin perder la compostura ni dar la impresión de que se está incurriendo en una bajeza antiestética y éticamente inasumible. No, él es diferente.

Antonio Gutiérrez ha votado que sí a la convalidación del Real Decreto-Ley que modifica la regulación de la Negociación Colectiva. Es decir, ha hecho exactamente lo mismo que el resto de los diputados del Grupo Socialista, ni más, ni menos. Esto es, seguir puntualmente las instrucciones impartidas por la diputada que marca con los dedos de la mano derecho el sentido del voto que han de emitir todos los componentes de su Grupo en relación con cada una de las iniciativas que se someten al escrutinio de la cámara. Sin embargo, Antonio Gutiérrez dice, ahora, en el artículo citado, que la reforma que entonces apoyó, no le gusta. Y quiere dejar constancia inequívoca de que, si al principio dijo que sí, ahora se afianza en un “rotundo no”. Hasta ahí, nada nuevo. La vida parlamentaria es así. A veces hay que respaldar iniciativas que a uno no le acaban de satisfacer en todo o en parte. No hay político mínimamente relevante, ni parlamentario digno de consideración, que no se haya tenido que comer algún sapo de este tipo a lo largo de su trayectoria como servidor público. Otra cosa es que el no con el que se rectifica el sí inicial no vaya acompañado de una dimisión o de la advertencia de que, en la próxima ocasión, se romperá con la disciplina del Grupo Parlamentario.

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Hace unos días, los grupos minoritarios del Congreso de los Diputados comparecimos junto con una nutrida representación de las etnias marginadas de Guinea Ecuatorial, para arroparles y prestarles apoyo en la lectura de un manifiesto conjunto contra el régimen dictatorial vigente en sus países de origen y la indirecta legitimación de la que está siendo objeto por parte de la Unión Africana, que ha decidido celebrar su Asamblea de este año en la isla de Bioko, mediante la organización de un complejo de actos festivos y protocolarios que está redundando en mayor gloria del tirano. 

En el acto estuvo presente una representación de  represaliados de Obiang, exiliados en España, pertenecientes a todas las etnias marginadas por el régimen, como los bubis, los bisios, los igbos o los ndowes. Todos ellos suscribieron un manifiesto de alerta y denuncia, que leyó Honorato Maho, presidente del Movimiento para la Autodeterminación de la Isla de Bioko. La experiencia humana de este colectivo está siendo francamente dura. Mientras sus respectivos pueblos padecen la represión y la persecución de un régimen liberticida que en nada tiene que envidiar a los modelos más brutales que registra la historia contemporánea, ellos se ven obligados a asistir, impotentes, a los arrumacos y carantoñas que los países democráticos más avanzados deparan al sanguinario dictador que encabeza el tinglado represivo, a cambio de un lugar preferente en la mesa en la que se reparten las riquezas naturales del territorio. A puerta cerrada todos les dan palmaditas en la espalda. Pero cuando se trata de hacer pronunciamientos públicos, las infladas proclamas que hablan de orientar la política exterior hacia la expansión de la democracia y de los derechos fundamentales, ceden vergonzosamente ante los inexorables dictados de la realpolitik. Y en el momento de la denuncia pública, sólo se reúnen con ellos, diputados de CiU, PNV, ERC, IU y BNG. Todos los demás disimulan ante un drama que está generando muchísimo sufrimiento humano y que, en el terreno lingüístico y cultural, apunta ya hacia el genocidio.

Pido disculpas a los visitantes habituales de este blog por la escasa -más bien nula- atención que le he prestado durante la última semana. Es cierto, lo admito sin ambages, que no he sido capaz de responder a las expectativas de los más exigentes. Sin embargo, no quisiera dejar de invocar como factor atenuante, el hecho de diversas circunstancias personales,  familiares, laborales y hasta  mecánicas -el ordenador portátil que habitualmente utilizo para estos menesteres empieza a acusar los efectos del paso del tiempo y ha estado convaleciente, por enfermedad, durante varios días- me han obligado a dar prioridad a otros asuntos y a descuidar un poco -tampoco demasiado- la diligente llevanza de esta bitácora.

Son los pequeños inconvenientes que acompañan al compromiso de gestionar personalmente el blog. Si yo hiciera como otros muchos políticos -y políticas-, que acostumbran a delegar en sus asesores de prensa y gabinetes de comunicación la redacción de las entradas y de los comentarios que se atribuyen al titular, tampoco mi blog acusaría lagunas temporales. Pero como escribo con mis propias manos desde el primero hasta el último de los textos que se publican a mi nombre en esta plataforma, es inevitable que el trajín de la vida parlamentaria, que combina momentos muy apurados con períodos más relajados, tenga su impacto en el resultado final. 

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Durante los debates parlamentarios que precedieron a la aprobación del Estatuto Gernika, el portavoz comunista en la Comisión Constitucional, Jordi Sole Tura, expresó una prevención que, aun cuando pasó desapercibida en aquel momento, el transcurso del tiempo ha ido poniendo de manifiesto que constituía un certero vaticinio. Al reflexionar sobre el inmenso desafío que representaba para el éxito del Estado autonómico la buena marcha del proceso de traspaso de poderes que la aprobación del Estatuto había de inaugurar entre las instituciones centrales y el naciente Gobierno vasco, advertía lo siguiente: “…es preciso que no exista aquí ninguna reticencia, ninguna cicatería en cuanto se refiere al traspaso de competencias y a la atribución real de facultades. Si esa cicatería existe, si el Estatuto se convierte en un tema de regateo o mercadeo, a partir de ese momento el Estatuto quedará tocado en sus mismas raíces y el proceso autonómico quedará seriamente comprometido…”.

Pese a las prevenciones de Sole Tura, pronto se puso de manifiesto que los temores expresados por el profesor catalán, no descansaban sobre prejuicios inconsistentes, sino sobre intuiciones bien fundadas. Las actitudes cicateras y obstaculizadoras del Gobierno central no se hicieron esperar. Y ya en los primeros años de la década de los ochenta, se hicieron patentes las primeras denuncias del Gobierno vasco contra la estrecha y restrictiva visión con la que los ejecutivos centrales afrontaban el proceso de transferencias a Euskadi. En una entrevista publicada en 1983, cuatro años después de aprobado el Estatuto, el entonces vicelehendakari del Gobierno vasco, Mario Fernández, se quejaba de que el Ejecutivo central había congelado unilateralmente el proceso de traspasos al País Vasco, en una actitud arbitraria y carente de toda justificación porque faltaba, todavía, “prácticamente tanto como lo que se ha conseguido (…) quedan(do) algunos temas que constituyen lo que podría denominarse la parte más sofisticada del desarrollo autonómico”.

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A lo largo de esta semana que ya se aproxima inexorablemente a su fin, he tenido que emplearme a fondo para  convencer a no pocos periodistas y diputados de que Lanestosa existe. No eran muchos, según he podido comprobar, los que tenían noticia de la existencia de este bonito municipio bizkaino pero, Lanestosa, en efecto, existe. Es nada menos que una de las once villas de Bizkaia. Y todavía, que yo sepa, sigue formando parte del Señorío. El hecho de que sea una localidad fronteriza que linda con Cantabria, en  nada altera su naturaleza y condición; ni ha dejado ni creo que vaya a dejar de pertenecer a Bizkaia.

En Lanestosa, como todo el que quiere saber puede saber, el pasado sábado, los dos concejales elegidos en la lista del PSE dieron su voto al candidato de Bildu para evitar que saliera elegido alcalde el aspirante del PNV, que fue el partido que ganó los comicios. Como lo oyen. O como lo leen, para ser más exactos. Los dos concejales socialistas y los dos de Bildu apoyaron en bloque al candidato a alcalde de la coalición, impidiendo así que el que encabezaba la lista más votada pudiera hacerse con la alcaldía. El dato apenas ha transcendido a los medios de comunicación, pero ya se sabe que la prensa, cuando se trata de Euskadi, saber discernir perfectamente entre las informaciones que merecen ser llevadas a los titulares y las que, sencillamente, convienen ocultar. Y esta de Lanestosa,  nadie la conocía en Madrid. Eso sí, todos hablaban de Lasarte-Oria y de Trapagaran, como si conociesen estos dos municipios desde su más tierna infancia.

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Joan den larunbatean Estatu osoko udal korporazioak eratu ziren. Ego Euskadikoak ere barruan, noski. Eta horrelakoetan beti gertatu ohi denez, emaitza koloretsuak suertatu ziren han eta hemen; sorpresa harrigarriak ere bai, jakina, zenbat nai eta non nai. Euskadin Bildu-ren nobedadea izan da komunikabideetan arretarik gehien sortu duena.

Alkatetza eskuratu duten herrietan, pozik, alai, barretsu eta lagunkor agertu zaizkigu koalizioko hautagaiak eta hauei babesa ematen udaletxeetara hurbildu diren jarraitzaileak. Euskal politikan inauguratu den aro udaberritsua edo islatu nahi zuten, antza,  jarrera horrekin. Eta ondo dago. Ez daukat ezer horren kontra. Aitzitik, zilegia ezezik positiboa ere badela uste dut, politikan, bizitzako beste edozein arlotan bezalaxe, luzaroan landutako zerbait lortzen denean, lorpen hori poztasunez ospatzea. 

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