El socialista Jesús Eguiguren acaba de publicar un libro titulado El arreglo vasco. Confieso, de entrada, que no me lo he leído. Pero anuncio igualmente que, a buen seguro, lo haré en las próximas semanas, como acostumbro a hacer con la gran mayoría de los trabajos sobre política vasca que reciben los honores de la imprenta.
Conozco la obra escrita de Eguiguren. Mi biblioteca incluye prácticamente todo lo que ha publicado desde que el editor Haranburu publicó, en los años ochenta, su tesis doctoral sobre el PSOE en el País Vasco.
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Hace unos días fui al cine a ver la película sobre el Che que se estrenó a principios de septiembre. Benicio del Toro está bien. Es un excelente actor. Pero creo que es una obra de la que difícilmente podrá disfrutar quien no conozca con un mínimo de detalle la historia de la Revolución cubana. El guión pretende ajustarse a los hechos con una precisión tal, que adolece, a mi juicio, de los componentes que habitualmente hacen atractiva una trama cinematográfica.
Uno de los recursos argumentales más socorridos de la lógica clásica, es el de la reducción al absurdo, que sigue siendo muy utilizada en los debates políticos. Su mecánica es muy sencilla. Cuando alguien quiere demostrar la invalidez de un argumento utilizado por el contrario, lo formula como proposición, con objeto de analizar los resultados a los que su aceptación conduce y acreditar, así, que desemboca en una conclusión absurda o imposible. Y como nadie puede perseguir, en buena lógica, un resultado absurdo o imposible, la propuesta que se quiere combatir deviene, sencillamente, en algo que se debe rechazar.
Ayer se puso en escena otro giro de Patxi López. El giro euskalzale. Hasta ayer, éramos muchos los que estábamos preocupados por el futuro del euskera. Hoy, ya no. Hoy, ya sabemos que, gracias al compromiso personal de Patxi López, el futuro sonríe amablemente a la lengua vasca, ofeciéndole un atractivo panorama de armonía, equilibrio y consenso.
¿Quien decía que la prensa afín al PP zurra sin piedad al PSOE?
Ayer por la mañana estuve en el Parlamento vasco. Asistí para escuchar en directo el discurso que el Lehendakari pronunció para dar inicio al debate de política general. Fue un alocuión extensa. Duró algo más de dos horas. En el Congreso de los Diputados no es habitual escuchar discursos tan largos. La intervención fue también densa densa en datos y valoraciones. Algunos pasajes han de ser leidos dos veces para captar todos los matices.
Catalunya se encuentra sumida en una situación incómoda y muy delicada. Durante años ha contribuido con aportaciones cuantiosas al desarrollo de otros territorios del Estado español, pero muchos de los que se han beneficiado de su generoso esfuerzo de solidaridad, siguen viéndola como una comunidad egoísta, cicatera y ruin, integrada por fenicios peseteros y mercaderes avaros. Pero incluso este desagradable trance constituiría un mal menor, si no fuese porque los indicadores oficiales de gasto público denotan ya que las comunidades beneficiarias de la solidaridad empiezan a aventajar a Catalunya en muchos ámbitos de la acción administrativa, sin que a nadie parezca importar lo más mínimo ni el Estado se haya planteado seriamente la necesidad de retocar el modelo. La solidaridad, no sólo no rompe con el arraigado tópico de la codicia catalana, sino que desangra financieramente a Catalunya.