Es increíble.
Todas las voces que, por el puesto que ocupan, pueden hablar con alguna autoridad sobre la reestructuración del sistema crediticio y la evolución deseable de las entidades financieras, apuestan sin duda alguna por las fusiones de bancos y cajas como cauce idóneo para afrontar las dificultades que atraviesa el sector.
Y, sin embargo, los socialistas vascos -ya no hablo de los del PP- se empeñan en seguir oponiéndose a una fusión de las cajas vascas cuya pertinencia y oportunidad son tan obvias que podemos ahorrarnos toda argumentación.
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Durante las últimas semanas, una serie de medios de comunicación han puesto en marcha una campaña tendente a difundir entre los ciudadanos la creencia de que de los parlamentarios somos una especie de vagos impenitentes, vocacionalmente llamados a rehuir el trabajo y refugiarnos en el ocio improductivo. A ese objetivo responden la larga serie de imágenes y artículos que se han publicado en cierta prensa, mostrando los escaños vacíos y subrayando las ausencias generalizadas en actos parlamentarios presuntamente importantes.
Por fin sabemos el resultado. Ha ganado Barack Obama. Han sido largos meses de intensos debates y fluidos intercambios de ideas y proyectos. Han sido largos meses de modelación de proyectos y formulación de mensajes destinados a atraer la atención y el voto de los ciudadanos de los EEUU. Han sido largo meses de tensiones, ilusiones y esperanzas. Y finalmente, las dudas se han disipado. Ha ganado Obama.
El José María Aznar sectario y antipluralista de la mayoría absoluta -que gobernó con mano de hierro y sectarismo de inquisidor entre los años 2000 y 2004- instituyó el principio de que no es posible el diálogo político con las fuerzas políticas que no creen en España ni sienten como suya la Constitución. Es un planteamiento incomprensible en el ámbito de la política democrática -que se basa, por principio, en la tolerancia y el diálogo con el discrepante- pero Aznar no sólo lo puso en práctica, con inusitado rigor, durante la última parte de su mandato, sino que lo inoculó en su partido como dogma básico de actuación.
Fue el día 20 de agosto. Los diputados habíamos sido convocados a una reunión de la Diputación Permanente del Congreso y, una vez concluída la sesión, abandonábamos raudos la carrera de San Jerónimo, con la intención de regresar cuanto antes a nuestros respectivos lugares de veraneo.
El jueves por la tarde estuve con Pedro Azpiazu en la sede de Innobasque -Agencia Vasca de la Innovación- en el parque tecnológico de Zamudio. Acudimos en respuesta a la invitación que la víspera nos habían cursado desde el área de transformación empresarial de la Agencia, para que explicásemos a los socios el contenido de la transferencia sobre Investigación Científica y Técnica que recientemente hemos acordado en Madrid, como contraprestación a nuestro apoyo al Presupuesto General del Estado.
Hoy me he topado en un restaurante de Madrid con un ex diputado de UPN. Obviamente, he aprovechado la ocasión para intercambiar con él algunas impresiones en torno a la crisis en la que se encuentra sumida la derecha política del Viejo Reino. Es un hombre bien informado y muy dado a la intriga. Conoce Navarra como la palma de la mano. Sus predicciones son, por ello, perfectamente verosímiles.
En el pleno de ayer, pudimos contemplar una vez más -y suman ya unas cuantas en esta legislatura- la triste imagen que habitualmente proyectan los nueve diputados con los que el PSE cuenta en la cámara baja, cada vez que el Grupo Parlamentario vasco presenta alguna iniciativa de evidente interés para Euskadi. No sólo tienen que votar que no, siguiendo a pies juntillas las órdenes que reciben de sus superiores jerárquicos, sino que se ven obligados a salir a la tribuna a defender esas posiciones en nombre de su Grupo. Triste, ciertamente, pero no por ello menos real.
Hola de nuevo, amigos.
Un conocido me pregunta por teléfono en qué baso la sospecha –