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Archive for 12/09/10

Nunca he sido remero. Mis prácticas deportivas se han inclinado más hacia las modalidades que permiten un ejercicio individual, como el atletismo o el ciclismo, porque resultan más fáciles de conciliar con los requerimientos de la vida familiar y profesional. Sin embargo, el remo no me es del todo ajeno. Podría decir sin exagerar que, de alguna manera, siempre he tenido alguna relación con ese mundo. En primer lugar, porque mi juventud transcurrió en Bermeo, a orillas del Cantábrico. Pero sobre todo, porque entre mis amigos más cercanos había más de un remero. Y a través de sus amenas conversaciones, vehementes desavenencias y ardorosas discusiones, pude asomarme a un universo deportivo muy singular, cuya característica más notable -lo advertí desde un principio- era la pasión. Ante todo y sobre todo, el remo era -y sigue siendo- eso: pasión. Porque hacía falta pasión para afrontar, sin ocasión alguna para alcanzar, por ello, la gloria, el reconocimiento público o el nivel de ingresos a los que otras especialidades deportivas permitían acceder, la rigurosa disciplina de trabajo y alimentación a la que mis amigos se sometían desde el mes de octubre, en que arrancaban los entrenamientos, hasta el término de la temporada de competición, muy avanzado ya el mes de septiembre del año siguiente.

En la actualidad, este tipo de esfuerzos se percibe con más normalidad, porque los medios de comunicación nos han acercado al exigente estilo de vida de los deportistas de élite, que construyen sus éxitos a base de diligencia y sacrificio. Pero hace treinta años, semejantes renuncias eran vistas a nivel popular como auténticas muestras de excentricidad. La pasión nunca es bien comprendida por quienes no la comparten. Todavía recuerdo el espíritu espartano con el que mis amigos y sus compañeros de trainera plantaban cara al exigente ritmo de los entrenamientos, con las manos destrozadas por los callos y el coxis al rojo vivo, abierto en una llaga lacerante. El extremo rigor de la disciplina deportiva se veía agravado notablemente con esos llamativos daños “colaterales”.

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