La red está repleta de nichos curiosos. Día sí y día también, el navegante se encuentra en internet con portales, blogs y similares que son cauce de expresión de los planteamientos más estrambóticos y las ideas más chocantes. Todo tiene cabida en esa maraña de cables y conexiones. Y la verdad es que uno nunca deja de sorprenderse con la enorme variedad de datos y opiniones que pueden encontrarse en un ordenador conectado a la línea telefónica. Bastan cinco minutos para percatarse de lo mucho que la libertad de expresión ha ganado merced a las tecnologías de la comunicación.
Esta reflexión inicial viene al caso de un envío que desde hace ya algún tiempo se cuela periódicamente en mi correo electrónico. Se trata de la revista electrónica AES, que parece ser el órgano oficial de un movimiento asociativo denominado Alternativa Española. Hoy, precisamente hoy, 26 de diciembre de 2008, he recibido el número 35.
Creo que es, prácticamente, lo único que estamos en condiciones de asegurar que ocurrirá en los próximos comicios vascos. Que el panorama político se bipolarizará entre el candidato del PNV y actual Lehendakari, Juan José Ibarretxe y el aspirante del PSOE Patxi López. No es necesario haber superado un master en sociología electoral para vaticinar que la pugna se centrará en torno a estas dos figuras que son, con diferencia, las que con más posibilidades de postulan ante los ciudadanos para acceder a Ajuria-Enea.
Llevo ya varias horas sin poder contener la risa. Me he atragantado ya tres o cuatro veces pero, aunque lo intento, no soy capaz de atenuar las convulsas carcajadas que me afloran enérgicas desde lo más profundo del abdomen.
Corría el año 1971 cuando Pedro Laín Entralgo, publicó uno de sus libros más conocidos, titulado A qué llamamos España. Laín había formado parte del grupo de jóvenes intelectuales que militaron en la Falange durante la inmediata posguerra. Pero ya en los años cuarenta, su pensamiento inició una evolución que, con el paso del tiempo, le llevaría a defender posiciones bastante lejanas a las que, todavía, en los albores de los setenta, daban sustento al régimen del Franco.
Esta semana he dedicado poco tiempo al blog. Justo lo indispensable para dar cuenta en él de algunos acontecimientos que, en mi opinión, no podían dejar de registrarse en una plataforma de comunicación como esta: El desayuno de Anxo Quintana, la alarma que ha prendido en la caverna por el traspaso a Euskadi de la I+D+I y la recepción de navidad, que contó con la inesperada presencia del presidente del EBB.
En Madrid hace frío. Luce el sol, pero las temperaturas son muy bajas.
La semana pasada fui al cine a ver La buena nueva; una película de Helena Taberna, en la que se representa la dramática historia personal de un joven sacerdote navarro que, en vísperas de la insurrección armada de julio de 1936, es destinado a un pueblo ferroviario e industrial que goza «de justa y bien merecida fama de republicanismo de izquierdista en el fondo monárquico y derechista que domina abrumadoramente toda Navarra«.
Ayer por la tarde, Moratinos compareció ante la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso, para dar cuenta de las actuaciones llevadas a cabo por el Gobierno en relación con el espinoso asunto de los vuelos de la CIA que hicieron escala en aeropuertos europeos en sus viajes hacia Guantánamo.
Hoy, el insigne Manuel Fraga, a quien socialistas y populares, de consuno, han rendido sentido homenaje bautizando con su nombre una de las salas de comisiones que alberga el nuevo edificio del Congreso, ha abierto su corazón y nos ha permitido apreciar la deslumbrante luz democrática que abriga en su interior. Ha afirmado en el Foro Nueva Economía de Madrid, que el peso de los nacionalistas en las Cortes Generales habría de ponderarse «colgándolos de alguna parte«. Porque el nacionalismo, es «lo contrario de defender a España«.